domingo, 19 de diciembre de 2010

Cancun y el comercio del carbono







Rebelion. Organización Mundial de Comercio de Carbono















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Ecología social






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19-12-2010







Organización Mundial de Comercio de Carbono










Este diciembre, Cancún fue el

escenario de un costoso evento para beneficiar a las trasnacionales y

gobiernos más contaminantes. Por los resultados y la dinámica

antidemocrática, se podría pensar que fue una reunión de la Organización

Mundial de Comercio (OMC), como la de 2003, donde el campesino coreano

Lee Kyoung-Hae se inmoló para mostrar la injusticia que significan estos

tratados. Pero fue una reunión del Convenio de Naciones Unidas sobre

Cambio Climático, de facto convertido en una nueva Organización Mundial de Comercio de Carbono. Los muertos los sigue poniendo el Sur global.



Los países más contaminantes y sus grandes industrias –los que más

han emitido gases de efecto invernadero y lucran enormemente con ellos,

devastando el planeta de todos– consiguieron lo que se proponían y más:

rompieron cualquier compromiso vinculante de reducir emisiones; no

establecieron ninguna meta de reducciones; crearon un fondo climático

que será administrado por el Banco Mundial; legalizaron nuevos

mecanismos de mercado, incluidas las peores versiones de REDD

(eufemísticamente llamado Reducción de Emisiones por Deforestación y

Degradación de Bosques) que abre a una ola planetaria de privatización

de bosques y expulsión de comunidades, además de ser un gran aliento a

la especulación financiera. También lograron un comité de tecnología a

su gusto, que eliminó las referencias a las barreras que constituyen las

patentes para el Sur y da amplia participación a las trasnacionales y

la industria para imponer sus tecnologías. Los derechos indígenas y

campesinos, la participación de sociedad civil no comercial, son

mencionados decorativamente, sin efecto real.



Si esto fue una negociación ¿qué recibió el Sur global por tanta

concesión? La respuesta es sorprendente: nada. Sólo promesas vacías, sin

valor jurídico, sobre movilizar fondos, reconocer la necesidad de reducir emisiones, abrir procesos, evaluar

en futuros igualmente inciertos. Mientras los países históricamente más

contaminantes no hacen ningún compromiso de reducción, ahora los países

del Sur tienen que informar sobre sus reducciones. Eso no está mal,

pero la injusticia es evidente.



O sea, lo que se plasmó en Cancún fue la voluntad irrestricta de

Estados Unidos y la aplicación del espurio entendimiento de Copenhague,

con esteroides: todo lo que querían los causantes de la crisis climática

y nada para las víctimas.



Para entender mejor lo que pasó, hay que leer las comunicaciones oficiales al revés: donde dice consenso, léase desacuerdo, donde dice multilateralismo, léase negociaciones secretas entre algunos, donde dice reconocemos la necesidad de reducir las emisiones, léase los países del Norte no volveremos a firmar compromisos vinculantes de reducción, donde dice proteger los bosques léase privatizarlos, donde dice recuperamos la confianza, léase recuperamos los créditos que pagará el público y aumentamos las indulgencias de carbono, donde dice transferencia de tecnología, léase jamás evitarán el pago de patentes en la tecnología que venderemos al Sur, basada en sus recursos y subsidiada por ellos mismos, donde dice progreso leáse avance de mecanismos de mercado e inyección de optimismo al mercado financiero especulativo.









La lista es larga y falta que donde dice democracia y participación, debe leerse censura y represión, de lo cual varias redes de organizaciones por la justicia ambiental e indígenas presentes en Cancún pueden dar testimonio.



La presidencia de México en el Convenio se encargó de gestionar este

resultado, con una dinámica igual a la de la OMC: llamando a grupos de

delegados por separado, elegidos por la propia presidencia, a

negociaciones ocultas, fragmentarias y nunca en pleno, manipulando

debilidades y deseos, confrontando selectivamente a países o regiones

entre sí, prometiendo quién sabe qué recursos. Finalmente presentó,

tardíamente para no dar tiempo a consideración real en plenario –donde

todos podrían ver todo–, un documento final no solicitado por los órganos del convenio y como reclamó Bolivia, con la opción tómelo o tómelo.



No se convocó al pleno para decidir sobre esta propuesta, sino a una reunión informal con la presidenta

donde se puso a la mesa como paquete completo y cerrado. La presidencia

mexicana destacó por hechos insólitos en Naciones Unidas: en lugar de

aplacar la porra de aplaudidores que curiosamente tuvo acceso masivo a

las reuniones finales –aunque todas las otras sesiones fueron

fuertemente limitadas a los observadores–, la presidenta se sumó a los

aplausos y expresiones de disgusto con posiciones discrepantes

–solamente planteadas por Bolivia– algo totalmente fuera de lugar para

la presidencia de una reunión multilateral. En la misma tónica, decidió

unilateralmente que la objeción argumentada por Bolivia no necesitaba

ser tomada en cuenta, arguyendo arbitrariamente que no era necesario el

consenso para decidir, lo cual es una violación flagrante de las reglas

del Convenio. Sería como afirmar, digamos, que se puede tener la

presidencia sin ganar las elecciones.



Apelar a que no se necesita consenso, es paradójico en el caso de

México, que estando solo en sus posiciones en el Protocolo de Cartagena

sobre Bioseguridad, también de ONU, ha usado repetidamente el recurso de

decidir por consenso, para impedir por ejemplo, acordar normas

para etiquetar claramente los transgénicos. Allí igual que ahora, fue

para defender los intereses de las trasnacionales y de Estados Unidos.

Bolivia en cambio, defendió en Cancún con dignidad y valentía los

intereses de los pueblos, expresados por más de 35 mil participantes en

la Cumbre de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la

Madre Tierra realizada en Cochabamba. Los movimientos y organizaciones

sociales lo saben y rendirse no está en la agenda.



Silvia Ribeiro. Investigadora del Grupo ETC.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/12/18/index.php?section=opinion&article=024a1eco







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