martes, 22 de marzo de 2016

Putin y Siria.


Rebelion. Golpe maestro moscovita en tres lecciones
Portada :: Opinión
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-03-2016

Golpe maestro moscovita en tres lecciones

Oumma

Traducido del francés para Rebelión por Caty R.


Sus innumerables detractores reprochaban a Vladimir Putin haberse lanzado a una aventura bélica devastadora, criminal y perdida de antemano. Profetizaron a Rusia, desde el otoño pasado, un hundimiento letal en el barrizal sirio. Esos pájaros de mal agüero tendrán que morderse la lengua, porque el presidente ruso acaba de administrarles una ducha fría en tres lecciones.

Sin embargo los dirigentes rusos lo dijeron: la intervención militar en siria se calibraría rígidamente. En primer lugar sería corta. Ahora lo sabemos exactamente, cinco meses y medio. Muy poco para un conflicto de semejante magnitud. Por otra parte la intervención dispondría de medios drásticamente limitados, apenas tropas sobre el terreno y unos 60 aviones, es decir, menos del 5 % de la aviación militar rusa. Esta es la primera lección de Vladimir Putin, que obviamente es una lección de eficacia militar: Ustedes juzgarán mi actuación, ciertamente, pero lo harán apreciando el resultado obtenido con respecto a la economía de medios. Compárenlo con los efectos de 10 años de presencia militar occidental en Afganistán.

La segunda lección de Vladimir Putin es «política» en el sentido noble del término. No es casualidad que Moscú anuncie su retirada militar el día que se retoman las negociaciones intersirias bajo los auspicios de la ONU. Desde siempre Rusia predica una solución política a la crisis porque sabe que ni el Gobierno ni la oposición tienen medios para aplastar al adversario. Desde ese punto de vista el anuncio del Kremlin acredita la seriedad de Rusia al renovar su confianza en el enfoque político en detrimento del enfoque militar. Al contrario que los occidentales Rusia puso su intervención en Siria bajo la enseña del derecho internacional al responder a la demanda de un Estado soberano. Rusia reiteró su fidelidad a la ley común de las naciones privilegiando de forma espectacular la vía de la negociación hacia una transición política.

Pero esta ahora se hará en condiciones inéditas. En cinco meses y medio las fuerzas leales han reconquistado 10.000 km2, han recuperado 400 ciudades y localidades y han puesto a la oposición armada a la defensiva. El apoyo aéreo ruso ha permitido al Ejército Árabe Sirio recuperar el control. Se han modernizado sus equipos, se ha revisado su estrategia y se han mejorado sus tácticas. Desangrado desde hace mucho tiempo por los atentados suicidas de los yihadistas, el ejército deja de agotarse persiguiendo al enemigo. Él solo, por medio de audaces maniobras, le asedia durante meses o le aturde a golpes de artillería pesada. Al mismo tiempo el Gobierno ofrece a los combatientes arrepentidos, cansados tras cinco años de guerra, el beneficio de un programa de reconciliación nacional en el marco de acuerdos locales a los que la ampliación de la tregua sin duda dará esa oportunidad.

Además esta estrategia de reconquista conlleva un tercer aspecto cuyos resultados apenas empiezan a notarse. Mientras lleva a cabo negociaciones políticas con la oposición el Estado sirio se lanza, militarmente, al asalto de los bastiones yihadistas. Ya que, a pesar de las apariencias, no hay contradicción entre el anuncio de la retirada rusa y la ofensiva siria sobre Palmira. Recuperando esta ciudad el Estado sirio haría una doble demostración. En primer lugar lograría una victoria simbólica al arrancar de las garras yihadistas esa joya del patrimonio mundial vergonzosamente entregada al Estado Islámico por la coalición occidental. Y además esa reconquista abriría al ejército sirio la ruta de Deir Ezzor, donde una brigada de élite resiste desde 2014, y sobre todo la de Ragga, la capital siria del pseudo-Estado Islámico y objetivo último de la ofensiva de los leales.

Lejos de ejercer una «presión» sobre Damasco, la retirada rusa en realidad es la condición previa de una victoria de la nación siria sobre los yihadistas de todos los pelajes. Es de la mayor importancia para Siria que su liberación se deba a las fuerzas sirias y no a un cuerpo expedicionario extranjero. A este respecto se ha visto que la retirada rusa ha seguido el paso a la salida de los voluntarios iraníes, por otra parte poco numerosos, al día siguiente de la victoria de los leales en el noroeste de Alepo. Porque para Damasco las cosas están claras: ciertamente Siria necesita aliados sólidos sin los cuales nunca ganaría una guerra. Pero el honor nacional exige que lo esencial del esfuerzo de liberación, condición para la victoria final, sea obra de las tropas sirias.

En efecto, ni en el plano político ni en el militar podría imponerse una solución importada del extranjero. Rusia se retira tras alcanzar sus objetivos. La intervención turca-saudí parece un petardo mojado. Estados Unidos declaró su retirada desde hace mucho tiempo. Francia no hace nada y habla sin decir nada. Y el resto del mundo asiste con avidez al espectáculo del juego de los fracasos de Putin. A los perros guardianes mediáticos les encantaría jurar lo contrario, pero es así: los aliados de Damasco, con su retirada, no abandonan a su suerte a un régimen acorralado, sino que toman nota de su voluntad de plantar cara y vencer, él solo, al Estado Islámico y a Al-Qaida. En todo caso esa es la apuesta de Moscú. El tiempo dirá si era una apuesta ganadora. Pero si dentro de tres meses la bandera siria tiene dos estrellas verdes ondeando sobre Raqqa entonces la estrategia rusa merecerá el calificativo de golpe maestro.

Bruno Guigue, en la actualidad profesor de Filosofía, es titulado en Geopolítica por la École National d’Administration (ENA), ensayista y autor de los siguientes libros: Aux origines du conflit israélo-arabe, L’Economie solidaire, Faut-il brûler Lénine?, Proche-Orient: la guerre des mots y Les raisons de l’esclavage, todos publicados por L’Harmattan.

Fuente: http://oumma.com/222716/coup-de-maitre-moscovite-trois-lecons

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y a Rebelión como fuente de la traducción.




Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter

lunes, 21 de marzo de 2016

Banco del BRICS empieza a operar en yuanes, dejando de lado los dólares

Banco del BRICS empieza a operar en yuanes, dejando de lado los dólares: Los fondos serán utilizados para financiar los primeros proyectos de infraestructura de los países miembros del bloque.

Chile.


Rebelion. La contrarrevolución neoliberal chilena y la construcción política estratégica para el hoy
Portada :: Chile
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-03-2016

Prefacio al libro "Las fisuras del neoliberalismo chileno" de Franck Gaudichaud
La contrarrevolución neoliberal chilena y la construcción política estratégica para el hoy

Politika


Hay quienes se dan el trabajo de analizar en profundidad la evolución de nuestros países. Franck Gaudichaud es uno de ellos, y acaba de publicar un libro*. Rafael Agacino participó en la presentación y nos envió el texto del prefacio. Imperdible (Diario Politika)

https://tiemporobadoeditoras.files.wordpress.com/2015/12/portada-fisuras.png?w=420&h=572

Como se sabe Chile ha sido un laboratorio para las elites dominantes y el imperialismo; aquí su intelligentsia, sus intelectuales orgánicos y la tecno-burocracia experta en gestión de conflictos, ensayaron el nuevo arsenal de reformas institucionales diseñadas para extirpar de raíz las conciencias y voluntades anticapitalistas.

El experimento chileno se llamó contra revolución neoliberal. Su punto de partida, su momento fundacional, arrancó de los escombros dejados por el golpe de estado de 1973 y se extendió hasta inicios de los años ochenta; luego sobrevivió a una severa crisis mundial recurriendo a ajustes heterodoxos, y ya entrada la década de los años noventa, recuperada y ufana, se vistió de democracia al cuidado de una coalición de ex golpistas y franjas de la izquierda conversa.

Su última etapa – la pax neoliberal como la denomina Gaudichaud – ha sido exitosa pues, además de superar en años a la dictadura, también terminó por reconvertir a la izquierda al credo neoliberal.

La guinda de la torta fue la incorporación de la dirección de PC, primero al parlamento en el año 2010, y luego, a la alianza de gobierno el 2014. Toda una hazaña de los ingenieros de las transiciones políticas.

Este extenso trayecto dura ya 42 años, y dado que las reformas estructurales tienen décadas de aplicación y sus relaciones sociales y subjetividades son usos y costumbres, nada tiene de extraño que la racionalidad individualista y de mercado sea el sentido común predominante. En el curso de las reformas neoliberales la sociedad chilena fue adelgazando el tejido de sus relaciones sociales aunque paradojalmente multiplicara su red de interacciones; todos cada vez más conectados pero a la vez más empobrecidos de sentido colectivo; átomos guiados según el interés de cada cual y compitiendo en las arenas de la institución neoliberal por antonomasia: el mercado.

Pero también a 42 años de la contra revolución, la utopía neoliberal muestra fisuras y aflora un malestar social inusitado, y en éste, un potencial de ruptura. A nivel de la política y lo político se están manifestando las contradicciones derivadas de un agotamiento crítico de la forma que tomó la sociedad chilena en el curso de cuatro décadas; se trata de las anomalías de la contra revolución neoliberal propias de su etapa de maduración.

Y eso lo saben, intuyen o vivencian casi todos los sectores en lucha latente o abierta. Por ello, tanto los de arriba como los de abajo, atribulados por la emergencia de las contradicciones estructurales, se agrupan y reagrupan entre la resistencia conservadora y la apertura al post neoliberalismo.

El texto que nos ofrece Franck Gaudichaud precisamente se pone en este borde histórico y sobre la base de una evaluación de la trayectoria reciente de la sociedad chilena, incursiona sobre las interpretaciones del momento actual y las posibilidades de algún tipo de alternativa política de carácter popular. Los ejes en que concentra su análisis – nombro solo los que me parecen principales – son la centralidad de la relación capital/trabajo, el carácter de los movimientos sociales y el peso de la subjetividad de masas que el propio modelo produce y reproduce, todo ello en el marco de la institucionalidad política y la estructura de clases que caracterizan en el presente al modelo neoliberal.

La combinación de dichos ejes y la apelación a tales aspectos estructurales (lo político y las clases), conducen a una síntesis que, a mi juicio, constituyen el aporte central que ofrece el texto, pues permite una discusión sobre las alternativas políticas teniendo a la vista una hipótesis interpretativa del momento por el que hoy atraviesa la sociedad chilena.

En este sentido, aprovecho esta nota para acentuar algunos aspectos en relación a los ejes que nos propone Gaudichaud; éstos comentarios ya han sido expuestos en otros lugares, pero creo viene al caso retomarlos aquí dado el tipo de análisis que nos presenta el autor.

En primer lugar destacar que las recientes movilizaciones de trabajadores han tendido a desbordar las formas organizativas y de acción tradicionales, y por ello mismo, a la propia institucionalidad sindical conservadora. Este año 2015 tenemos a la vista la huelga de los subcontratistas del cobre – que incluso costó la vida del trabajador Nelson Quichillao a manos de la policía militarizada –, el largo conflicto de los profesores que rebasó la política conciliadora de una parte de la dirigencia del Colegio de Profesores, y finalmente, la lucha de los trabajadores públicos del Registro Civil que han debido enfrentar al gobierno y al despliegue de todos los dispositivos del poder: la ley, la presión política, la campaña mediática e incluso la conducta desleal si no francamente aleve de la dirigencia de la CUT y de la izquierda parlamentaria.

Estas movilizaciones confirman la profunda crisis del sindicalismo clásico pero a la vez abren posibilidades para un nuevo movimiento de trabajadores que rompa con los límites ideológicos y objetivos impuestos hasta ahora por el sindicalismo conservador. En efecto, si éste nuevo movimiento logra madurar, lo hará a partir de bases totalmente diferentes. Por ejemplo, desprendiéndose de una concepción que considera al sindicalismo tradicional y sus sindicatos legales, propios de la etapa desarrollista industrializadora, como la única y más efectiva forma de organización de los trabajadores.

Hubo antes formas mutualistas, sociedades en resistencia, mancomunales, etc., que en ausencia de una legislación laboral, organizaron grandes masas obreras que enfrentaron directamente al capital e incluso ofrecieron respuestas autónomas a las necesidades colectivas; los derechos codificados en la legislación laboral, a cuyo amparo se desarrolló luego el sindicalismo clásico, es resultado de dichas luchas.

También comprendiendo que frente a un "capital extendido", es decir, que somete a su racionalidad y dominio actividades sociales antes ajenas a la producción capitalista, es necesario del mismo modo, concebir de manera "extendida a la clase trabajadora".

Si el capital convierte los servicios – antes públicos y sin fines de lucro – en actividad productiva de valor, o somete otras actividades no mercantiles, personales y/o comunitarias, a la lógica de la acumulación, entonces los que allí se desempeñan y vendan su talento productivo al capital, son igualmente parte de la clase trabajadora.

Así como las formas de pago o de contratación –directa o indirecta; parcial o completa; temporal o permanente – no importan para definir a la clase trabajadora, tampoco el carácter material o inmaterial del trabajo o de su resultado, son criterios correctos para dilucidar quiénes son o no parte de aquella. Lo central es la relación social entre capital y trabajo.

Y finalmente, entendiendo que hay luchas cuya escena no es ya el terreno de la empresa e incluso la rama, pues se trata de derechos colectivos que sólo pueden imponerse enfrentándose al conjunto del capital y el Estado.

Un nuevo sistema de relaciones laborales, de salud, de transporte público o un sistema educacional, por citar algunas demandas más inmediatas, indefectiblemente son luchas por derechos generales y no derechos de un sindicato o federación; son luchas por los intereses globales de los trabajadores constituidos como sujeto colectivo autónomo y opuesto al capital.

En segundo lugar, es necesario resaltar la emergencia entre 2006 y 2011 de las movilizaciones sociales, pues, como bien muestra el autor, la abrupta explosión de “lo social” cambió severamente el panorama nacional: mostró las arrugas de una contra revolución madura y develó una suerte de incompletitud del teorema neoliberal.

En efecto, la institución mercado mostró sus insuficiencias para procesar todos los conflictos y disiparlos en meras contiendas entre partes privadas; el dispositivo de regateo entre privados (el mercado), incluyendo el recurso judicial para resolver las contiendas sobre obligaciones y derechos consignadas en los contratos, no alcanzó para contener y mantener los conflictos en la esfera civil, sobre todo cuando una de las contrapartes saltó de lo individual a lo colectivo.

El creciente malestar terminó por desbordar parcialmente el “orden de mercado” y la burocracia política y sus ingenieros en gestión de conflictos, desacreditados y perplejos, en reiteradas ocasiones fueron superados por la dinámica de las luchas sociales. El conflicto por la educación es un caso paradigmático por muchas razones, pero una es crucial y se refiere al sentido menos visible de la lucha de los estudiantes secundarios.

Estos reclamaron por la gratuidad y mejores condiciones materiales, pero dejaron entrever en sus formas organizativas, en sus acciones y en su estética de lucha, un rechazo feroz a la propia comunidad escolar, a la escuela, como espacio invivible por su autoritarismo, mediocridad, por el colapso de los profesores, por su régimen de competencia individual y la presión por el éxito que enfrenta a unos jóvenes y adolescentes con otros.

Por ello, a diferencia de otros movimientos, los secundarios no eran fácilmente domesticables apelando a políticas redistributivas y clientelares: sus demandas no eran susceptibles de reducir a precios; y mirado desde otro ángulo, se trataba de la rebelión de los hijos del modelo neoliberal maduro cuyas lucha no consistía en resistir las reformas neoliberales sino en rebelarse contra el efecto de su funcionamiento pleno; en rigor, su malestar era consecuencia, resultado, de un modelo realizado y frente al cual venían reaccionando masiva, espontánea y sistemáticamente desde el "mochilazo" del 2001.

No es arriesgado entonces afirmar que fue el movimiento estudiantil secundario – y no el universitario – la base de las luchas sociales que lograron trizar los consensos de las clases dominantes y la paz social que los gobiernos civiles mostraban al mundo como el exitoso modelo chileno y la exitosa transición a la democracia.

Así las cosas, la incompletitud de la utopía neoliberal puede considerarse una anomalía crítica, una verdadera falla estructural, por cuanto la emergencia de las movilizaciones masivas y de los movimientos sociales expresan, tanto el fracaso del intento de diluir la “cuestión social” en la cuestión privada, como la ineficiencia del propio sistema político que diseñó el neoliberalismo, cuestión central a la hora de calibrar el momento actual de la política chilena.

Detengámonos un minuto aquí.

En particular, el sistema de partidos políticos se ha mostrado estéril para anticipar, procesar y disipar los conflictos sociales que escalan por abajo, a la par que parece no ser capaz ya de ofrecer una representación eficaz del interés general de capital y gestionar sus conflictos fraccionales que se precipitan por arriba. Y esto es una debilidad crucial pues manifiesta los limites de “lo político” en el contexto de un modelo cuyas potencialidades se han realizado casi completamente.

En efecto, un régimen político debilitado, que pierde por abajo su capacidad de maniobra vía clientelismo frente a las luchas sociales, por default tiende a fortalecer sus dispositivos y formas policiacas de control del orden, mientras por arriba, si es capturado por el capital, tiende a convertirse en un cuasi cascarón jurídico-político dirigido desde fuera por un “poder dual burgués” que comanda a la tecno burocracia y sus políticas.

El régimen político y el Estado actuales en nada se parecen al ideal republicano liberal burgués, al Estado de compromiso y benefactor declarado por la Constitución de 1925 y aderezado a través de sus sucesivas reformas. El régimen político actual carece de su aura democrática y el Estado de su majestad como titular del bien común; incluso más, el mismo Estado corre riesgo de lumpenizarse.

Esta posibilidad no es ajena a los momentos en que se conjugan una fuerte concentración del capital con una debilidad estructural de la institucionalidad política burguesa, y en América Latina la asociación policiaco-mafiosa entre trasnacionales, capital monopólico, partidos políticos y ejército no son ninguna sorpresa.

Así, la contra revolución neoliberal chilena se encamina veloz hacia sus propios límites. Hoy son las instituciones de la “república” las que se trizan. El Estado subsidiario, el parlamento, los partidos políticos, las Fuerzas Armadas, el empresariado, la burocracia eclesiástica, y la Constitución Pinochet-Lagos que las resguarda, todos eslabones de una larga trenza de corrupción moral y material, ya han entrado en la zona de costos crecientes para sostener su hegemonía ideológica y política.

Y si bien todo esto aparece ahora sin claroscuros, que los velos han caído y la decadencia moral se muestra como simple síntoma del fracaso de la utopía neoliberal, no fue así hasta hace muy poco. Escasos meses atrás la mayor parte de la sociedad chilena vivía bajo el influjo de un modelo estable y triunfante y ni siquiera imaginaba el devenir reciente.

Fuera por cinismo, miopía o por ambos, las clases dominantes subestimaron las fisuras de esta contra revolución neoliberal madura, y una vez enfrentadas a las crudas circunstancias, han mostrado sorpresa y cierta perplejidad que ha retardado el diseño de una salida institucional.

Lo que se ha abierto en Chile es un periodo político de creciente pugna entre las fracciones conservadoras y reformistas de las elites dominantes, pugna en torno a cómo enfrentar y resolver los déficits estructurales del modelo.

Pero a la vez, un mismo ambiente tenso por arriba, ofrece a los "terceros excluidos" del teorema neoliberal, los trabajadores y sectores populares, enormes posibilidades para dar un salto y constituirse en una fuerza gravitante en los acontecimientos por venir. Y es éste el terreno al que nos conduce directamente y sin rodeos todo el trabajo analítico de Franck Gaudichaud: la construcción política estratégica para el hoy, crudo problema al que no en vano le dedica sus mayores esfuerzos teóricos y prospectivos en la última parte de su texto.

Nada simple por cierto. Se trata nada menos que desentrañar las posibilidades de una política general que haga plausible la configuración del bloque de los de abajo, o lo que no es sino su contracara, una estrategia común capaz entrelazar la multiplicidad de luchas contra el capital que discurren actualmente por el país. Un desafió no sólo para el análisis político sino también para la propia práctica política inmediata.

Rafael Agacino, Investigador Plataforma Nexos.

(*) El lanzamiento del texto se realizó el Miércoles 13 de enero 2016 en el Aula Magna Universidad Alberto Hurtado, facilitada por el Sindicato de Trabajadores de dicha Universidad. También se presentó en Valparaiso y Concepción.

Franck Gaudichaud, Las fisuras del neoliberalismo chileno. Trabajo, crisis de la “democracia tutelada” y conflicto de clases, Tiempo Robado Editoras y Quimantú, Santiago, 2015.

2016 Politika | [email protected]



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter

Donald Trump


Rebelion. Eso no puede suceder en Estados Unidos... ¿o sí?
Portada :: EE.UU.
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-03-2016

¿Unirá Donald Trump a las milicias y al movimiento por el derecho a portar armas?
Eso no puede suceder en Estados Unidos... ¿o sí?

TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García


Introducción de Tom Engelhardt

El lector debe haberse dado cuenta de que estoy evocando a Hitler, ¿No es así? En medio de la reciente controversia sobre el “nazismo” presente en la campaña presidencial de los republicanos (sobre si acaso esas manos derechas levantadas prometiendo votar a Donald Trump son una copia del Sig Hail!), unos cuantos expertos, comentaristas y otras figuras –entre ellos el presidente mexicano y la hermanastra de Anna Frank– han estado comparando a Donald con Adolf Hitler. Pero, ¿ha notado usted que hay otros que apuntan hacia el dictador fascista italiano Benito Mussolini, o hacía el caudillo argentino Juan Perón, o hacia el magnate de los medios de derecha, multimillonario y ex primer ministro de Italia Silvio Berlusconi, o hacia la actual jefa del partido francés de extrema derecha Frente Nacional Marine Le Pen, o hacia su padre, el fundador de ese partido y reconocido negacionista del Holocausto Jean-Marie Le Pen (quien respaldo recientemente a Trump), o incluso hacia el izquierdista que fue presidente de Venezuela, Hugo Chávez? Y eso por no hablar del presidente Richard (Dick el Taimado) Nixon, ni del gobernador segregacionista de Alabama George Wallace, ni del senador y candidato a la presidencia por el Partido Republicano Barry Goldwater, ni del populista gobernador de Louisiana Huey Long, ni del productor de automotores –posible presidenciable– y conocido antisemita Henry Ford, quienes solo son los primeros de una lista de posibles émulos de Trump en la historia, y no los últimos (¡y no me permitáis siquiera que empiece a mencionar el ‘fascismo’ y el ‘autoritarismo’ de estos días en los medios!).

Si acaso algo más, esta lista tan extraña y variopinta de comparaciones nos dice una cosa: que Trump ha llevado el sistema político estadounidense y particularmente a los votantes de la clase trabajadora blanca a un territorio desconocido hasta ahora. Por lo tanto, vienen a la mente todos esos dedos señalando a unos personajes extremos. Por supuesto, desde al menos los años de Clinton, el Partido Demócrata ha ido licuándose lentamente, dejando una estructura política muy carente de una base a medida que se evaporaba la fuerza de los sindicatos; la maquinaria política de las grandes ciudades ha quedado relegada a las antiguas viñetas de Thomas Nast, y aquellos políticos progresistas que empezaron haciendo horas extraordinarias predicando el evangelio de los viejos buenos tiempos a los grandes bancos en lugar de regularlos se han ganado el prefijo de ‘neo’. Desde luego, hoy en día buena parte de ese disolución es historia antigua, cuando Bernie Sanders invita a buena parte del electorado demócrata a una excursión a algún otro sitio. En el otro lado, el Partido Republicano se está desmoronando ante nuestros propios ojos, ahora mismo; el espectáculo no podría ser más dramático. Por ejemplo, hace unos días hubo un ataque contra Trump por parte de Mitt Romney, el fallido candidato presidencial de 2012, que le acusaba de ser un hombre de negocios fracasado, un fraude, un capitalista de casino con un talento especial para saquear empresas y destruir fuentes de trabajo. Un sondeo reciente dice que en realidad los ataques verbales y tweets contra Trump le ayudaron a aumentar tanto el apoyo de los votantes como su compromiso (tal como parecían indicar las primarias del martes 8 de marzo).

 

Entonces, tal vez sea tiempo de empezar a escribir el obituario del Partido Republicano. Después de todo, estamos hablando del partido que, desde la estrategia para el Sur de Nixon hasta aquel tristemente famoso anuncio de George H.W. Bush que vinculaba a Willie Horton con Michael Dukakis, utilizó llamamientos en clave racista para atraer votantes. Mientras tanto, su liderazgo se sitúa en el interior de la clase de los multimillonarios y en el mundo de la financiación avalado por el Tribunal Supremo en el que todo lo político parecería estar a la venta por sumas más allá de lo imaginable. Entonces, ¿como podrían los Romney, los Ryan, y otros no sentir el amargo engaño de un multimillonario desbocado que utiliza abiertamente la burla racial y llama a robar su partido al mismo tiempo que rechaza su dinero?

 

En un escenario tan sombrío y cargado de racismo, lo lógico es que haya cierta especulación. ¿Qué otra cosa se puede hacer, cuando el futuro parece más ignoto que lo acostumbrado? Es por eso que TomDispatch acudió a Bob Dreyfuss, autor de Devil’s Game: How the United States Helped Unleash Fundamentalist Islam (Un juego diabólico: cómo ayudó Estados Unidos a desencadenar el fundamentalismo islámico), que sabe un par de cosas sobre los extremistas y autoritarios de variado pelaje, para que nos ayude a pensar si el trumpismo, con o sin Donald, puede funcionar realmente.

* * *

Las tropas de asalto de Trump y la posibilidad de un fascismo estadounidense

¿Puede pasar esto aquí? Esta es la pregunta que en este momento se hacen muchos, cuando el nacionalista, agitador xenófobo y multimillonario Donald Trump está amenazando con quedarse con la nominación republicana para las elecciones presidenciales de Estados Unidos; esta no es una pregunta que solo se formule en el ámbito de la izquierda. También la ha planteado el New York Times en un artículo de fondo que asegura que Trump ha llevado al Partido Republicano “al borde del fascismo”; al igual que algunos republicanos que van desde el experto neocon Max Boot al centrista ex gobernador de Virginia Jim Gilmore. El columnista Ross Douthat, del conservador Times, es bastante típico en un artículo titulado “¿Es fascista Donald Trump?”. Si bien admite que puede que Donald no sea un Adolf Hitler ni un Benito Mussolini, señala que “Parece justo decir que él que está más cerca de la zona ‘protofascista’ del espectro político en el que se mueven tanto el conservador estadounidense medio como sus últimos predecesores del populismo de derechas”.

Para algunas figuras que van desde el cómico Louis C.K. hasta el comentarista de derechas Glenn Beck, comparar directamente a Hitler y Trump se ha convertido en la moda del momento. Sin embargo, debo admitir que la expresión “protofascista” me suena bastante aproximada. Ciertamente, el surgimiento de Trump ha hecho que muchos votantes estén atentos; la cuestión es si el magnate inmobiliario (que viene de agitar aún más el avispero twiteando una cita del fascista dictador italiano Benito Mussolini) podría mantener suficientemente unida una coalición formada por nacionalistas, hombres blancos irritados, blancos “poco educados” de la clase trabajadora, la derecha religiosa poco comprometida, los islamófobos, los que despotrican contra los inmigrantes y otros para empuñar las metafóricas horcas en una marcha hacia la victoria en noviembre.

Si es cierto que Trump es un mero “protofascista”, ¿cuáles son los ingredientes, si los hay, que se necesitan todavía para la aparición de un auténtico movimiento fascista estadounidense del siglo XXI? Para pensar esta cuestión, leí hace poco La llegada del Tercer Reich, el libro de Richard J. Evans. El texto cubre el periodo que se extiende de 1871 a 1933, y describe muy detalladamente la gestación y el crecimiento del Partido Nazi. Si el lector decide leer este libro, trate de hacer lo que yo hice: dibuje mentalmente dos columnas para confrontar y ver las semejanzas y diferencias entre el Estados Unidos de hoy y la república alemana de Weimar en los años veinte y primeros treinta del siglo XX.

Por supuesto, en este tenso momento que vive Estados Unidos, las similitudes parecen aplastarlo a uno. Con su repetitiva promesa de restaurar la grandeza de este país, Trump está haciendo lo mismo que hizo Hitler con su promesa de vengar la humillación sufrida por Alemania en la Primera Guerra Mundial. Con sus exhortaciones, dirigidas sobre todo a los trabajadores blancos, a culpar a los inmigrantes mexicanos y a los musulmanes de todos los problemas, Trump está haciendo lo mismo que hizo Hitler cuando preparaba su brebaje antisemita. Con sus ataques a Wall Street y a los lobbies corporativos –todo una sarcasmo para un multimillonario– por apañar la economía y convertir a los políticos en sus marionetas, Trump está haciendo lo mismo que hizo Hitler cuando ponía en el mismo saco a Wall Sreet, a la City londinense y a sus homónimos alemanes, acusándoles de cargar a su país con la enorme deuda de las reparaciones impuestas por el Tratado de Versailles después de la Primera Guerra Mundial y de apoyar a los irresponsables partidos de centroderecha de la república de Weimar (léase: el Partido Republicano de hoy). Con sus brutales comentarios acerca de China y sus amenazas de asesinar a los familiares de los terroristas islámicos al mismo tiempo que se apropiase de las reservas de petróleo de Iraq, Trump está haciendo lo mismo que hizo Hitler cuando llamaba a un ultranacionalismo ancestral y temerario.

La Sociedad de la Segunda Enmienda

Pero no nos olvidemos de las diferencias, que no son menos obvias. Estados Unidos tiene una prolongada tradición de republicanismo democrático, algo inexistente en la Alemania de los años veinte del pasado siglo. La economía de la última superpotencia del planeta, aunque sumida en una cuasi depresión en 2008, es incomparablemente más fuerte que la de una Alemania asolada por la hiperinflación de aquella época como para parangonarla con ella.

No obstante, hay otra diferencia entre el Donald Trump de 2016 y el Adolf Hitler de 1921 (cuando se hizo con el liderazgo del recién nacido Partido de las Trabajadores Nacionalsocialistas) que eclipsa a las anteriores. Desde el comienzo, Hitler contó con el apoyo de una brutal fuerza paramilitar, las muy famosas Sturmabteilung (SA), el Destacamento de Asalto (o tropas de asalto). También conocidas como las Camisas Pardas, las SA utilizaban a menudo la violencia contra sus oponentes en las calles de las ciudades germanas; su mera presencia bastaba para intimidar a los alemanes de todo el espectro político.

Esto me hizo pensar: ¿sería posible que Donald Trump o algún futuro personaje por el estilo montaran una fuerza armada con sus propios seguidores? Aunque bastante aterradora, ciertamente la respuesta es sí. Y quizá ni siquiera fuera tan difícil

Tened un poco de paciencia conmigo ahora. Retrocedamos a 2010, en Alexandria, Virginia: unos partidarios extremos del derecho a portar armas –consagrado por la Segunda Enmienda de la constitución de Estados Unidos– animados por las muy permisivas leyes sobre armas de Virginia realizaron una manifestación por la restauración de la Constitución en el parque de Fort Hunt junto al río Potomac, y lo hicieron armados. Dicho sea de paso, el encuentro fue programado para el 19 de abril, la misma fecha en que Thimothy McVeigh atacó con bomba un edificio federal en Oklhoma City en 1995. En ese momento, yo vivía más o menos a un kilómetro y medio de ese parque; la mezcla de temor, rabia y repugnancia que semejante exhibición de armas en una manifestación política pudiera tener lugar prácticamente al lado del Capitolio era palpable.

Es cierto que las personas armadas eran apenas unas 50; sin embargo, alrededor de 2.000 personas más –desarmadas, estas– realizaron una demostración paralela en Washington D.C., donde la portación de armas está prohibida. Pensemos en cuántas personas más podrían acudir hoy en un país en el que ha habido unas cuantas manifestaciones y mítines –con participación de personas armadas– organizados por activistas de la Segunda Enmienda y, en 2016, gracias a la eficaz presión de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), la mayoría de los estados han promulgado leyes que aprueban la portación a la vista –completa o parcialmente– de armas. Mientras tanto, la totalidad de los estados de este país ya tienen leyes que permiten la portación oculta de armas, lo que significa que el maletín para pistolas es legal casi en cualquier sitio menos en Washington D.C.

Entonces, imaginemos un momento este escenario: Donald Trump (o un futuro demagogo a imagen de Trump) anuncia de que está convocando a un mitin en un estado en el que está permitida la exhibición de armas –digamos, en Dallas, en el estadio de los Cowboys’ AT&T– y agrega que desea que sus seguidores vayan armados (durante las primarias, Trump ha defendido a viva voz la interpretación que la NRA hace de la Segunda Enmienda y en su sitio web hay una página titulada “La protección de nuestra Segunda Enmienda hará otra vez un gran Estados Unidos”.). En el entorno legal de Texas, sería perfectamente posible que miles de seguidores de Trump asistieran portando armas semiautomáticas. Y ahí, en el estrado, mirando desde lo alto a la muchedumbre de militantes armados, estaría Donald Trump sonriendo de oreja a oreja.

No es difícil imaginar la inmediata reacción que esto generaría, desde unos comentaristas de televisión al borde de la apoplejía, pasando por cáusticos editoriales en el New York Times y otros periódicos hasta las indignadas denuncias de políticos progresistas o moderados, sobre todo los de las zonas urbanas. Pero también es fácil imaginar el vitriólico desprecio de Trump hacia todos ellos, mientras las mascotas republicanas de la NRA le criticarían, aunque defenderían su derecho a organizar semejante encuentro.

Imaginemos después que Trump repitiera ese mitin en otros estadios –por ejemplo, en Denver, Phoenix, Indianapolis y Miami– y que entonces anunciara que él esta fundando la Sociedad Donald Trump de la Segunda Enmienda. Incluso podría regalar unos cascos de baseball en los que estuviera estampado su nombre. ¿Cuánto tiempo faltaría para que se produjera la primera marcha armada de la nueva organización por las calles de las ciudades estadounidenses; por supuesto, su nombre sería abreviado muy pronto, digamos, Sociedad Trump SA (por Second Amendment**)?

A algunos esto puede parecerles algo descabellado, casi apocalíptico (“Eso no puede pasar aquí”). Sin embargo, algunas cosas que pasaron en este país en los últimos años sugieren que el camino está expedito para una posibilidad como la descrita y que la cuestión no es tanto “si acaso” como “cuándo”. Potencialmente, el trabajo preliminar ya se ha hecho. Según el último informe del Centro Pobreza Legal del Sur (SPLC, por sus siglas en inglés), en 2015 se ha observado un significativo aumento de los grupos de odio en Estados Unidos: el número de milicias y grupos “patrióticos” anti-gobierno ha crecido de 874 a 998, después de haber disminuido en 2013 y 2014. De estos, dice el SPLC, por lo menos 276 son “milicias”. Y agrega que “En general, los grupos de este tipo se definen como opuestos al ‘Orden del Nuevo Mundo’, están comprometidos en la teorización de la conspiración de base, o defienden o adhieren a las doctrinas extremas contra los gobiernos”.

A primeros del pasado enero, un asombrado Estados Unidos vio como una banda de “docenas de hombres blancos armados, ciudadanos de este país, asaltó un refugio federal de la vida silvestre en Oregon para ‘resistir duramente’ a la ‘tiranía’ del gobierno federal”. La acción emocionó a otras milicias y grupos “patrióticos” de todo el país; mientras tanto, los medios de la corriente dominante se mostraron reacios a emplear la palabra más obvia –‘terrorismo’– ante este alzamiento armado de unos extremistas encabezados por los hijos del ranchero de Nevada Cliven Bundy (la experta en terrorismo y ex secretaria ayudante de seguridad interior graduada en Harvard, Juliette Kayyem, fue una extraña excepción en una nota escrita para CNN: “Los hombres que, fuertemente armados, animan a otros para que les apoyen en su causa, alegando que –aunque pacíficos– de algún modo sabrán ‘defenderse’, son –por definición– terroristas”).

Finalmente, la ocupación fue reprimida, pero en la recalentada atmósfera de estos días son esperables otras acciones de provocación por parte de algunas de las más de 200 milicias identificadas por el SPLC. Aunque el propio Trump expresó una tibia desaprobación de la milicia de Oregon mediante un llamamiento a “la ley y el orden”, Gerald DeLemus, que copreside una asociación de Veteranos con Trump en New Hampshire, calificó la acción de “gran éxito” y en una entrevista realizada por Reuters insistió que la causa de la milicia era “pacífica” y “constitucionalmente justa”. Más tarde fue detenido por su “condición de ‘líder de nivel medio’ y promotor de una conspiración para reclutar adeptos con el fin de organizarlos, adiestrarlos y proporcionar apoyo a la banda armada del ranchero Cliven Bundy y sus seguidores”.

Por supuesto, Trump ha jugado con fuego repetidamente en cuestiones como la violencia, la intimidación, la supremacía blanca, la extrema derecha y otras por el estilo. Su rechazo a desvincularse rápidamente de David Duke y el Ku Klux Klan en la víspera de las primarias del Súper Martes en el Sur Profundo se ganó una amplia condena por parte incluso de funcionarios republicanos. Pero en un caso al menos, un auténtico neo-nazi, Matthew Heimbach, líder del Partido de los Trabajadores Tradicionalistas, utilizó la fuerza física contra quienes protestaban en un mitin de Trump en Louisville.

La singularidad del fascismo estadounidense

 

Por muy reprensible que pueda ser el coqueteo de Trump con la extrema derecha, con todo lo alarmante que puedan ser las acciones de personajes como Heimbach, todavía estamos bastante lejos del nacimiento de un verdadero movimiento nacional fascista, aunque Roger Cohen –del Times– pueda haber publicado ya una columna titulada “La Weimar de Trump” (“Bienvenidos a la Weimar estadounidense: crece la intranquilidad en las cervecerías. La gente está harta de los políticos de siempre. Quiere que se hable con franqueza. Quiere respuestas”). De momento, Trump no ha intentado integrar a sus aliados de la extrema derecha en un verdadero movimiento –aunque haya empezado a emplear la palabra “movimiento”– o un partido, tampoco ha hecho un esfuerzo real para unir a los militantes de derecha poseedores de armas en una versión propia de las SA. Y quizá no lo haga nunca.

Tenga también el lector en cuenta que un movimiento fascista en Estados Unidos es muy difícil que sea una copia exacta del modelo alemán o del italiano, o incluso de los partidos que en estos momentos construyen movimientos de extrema derecha en Francia, Hungría, Grecia y otros países. Tampoco sería la copia de la coalición protofascista de ultranacionalistas y fanáticos religiosos cortejados por Vladimir Putin en Rusia. Sin duda, sería una creación singularmente estadounidense.

A pesar de que Trump se las ha arreglado para reunir a unos elementos bastante dispares en lo que a grandes rasgos podría tener el aspecto de un movimiento fascista estadounidense, finalmente él podría no ser el mandadero correcto para su desarrollo ni el momento adecuado para su completo despliegue. Entre otras cosas, para un movimiento de esta índole y para el surgimiento de milicias armadas que pudieran fusionarse con aquél, quizás hiciera falta otro derrumbe económico como el de 2007-2008, una crisis lo suficientemente prolongada y profunda como para que ese movimiento se adueñara de la circunstancia. En ese caso, por supuesto, también es posible que un izquierdista o socialista como Bernie Sanders –o tal vez el mismo Sanders– surja y haga suyo el descontento político y económico de una manera totalmente diferente. Sin embargo, en el Estados Unidos de Trump no se puede descartar la posible emergencia de un personaje aún más terrorífico y amenazador que el propio Trump, alguien que no cargue con su personalidad payasesca, su falta de educación y demás atributos de su condición de multimillonario.

Gane o no la nominación de la candidatura presidencial republicana, sea electo o no presidente, a la vista de la coalición de base que Donald Trump ha logrado reunir, es indudable que ha mostrado de verdad qué es lo que puede pasar en este país.

* El título de esta nota alude a Eso no puede pasar aquí, la novela semisatírica del escritor estadounidense Sinclair Lewis (1885-1951). (N. del T.)

** En inglés, Second Amendment es Segunda Enmienda. (N. del T.)

Bob Dreyfuss es periodista independiente en Nueva York y Cape May, New Jersey. Se especializa en la política y la seguridad nacional. Ha escrito infinidad de notas para The Nation, Rolling Stone, American Prospect, Mother Jones, New Republic y otras publicaciones. Es autor de Devil’s Game: How the United States Helped Unleash Fundamentalist Islam.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176114/tomgram%3A_bob_dreyfuss%2C_will_the_donald_rally_the_militias_and_the_right-to-carry_movement/#more

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter

Obama en AL( Cuba y Argentina)


Rebelion. A qué viene Obama
Portada :: EE.UU.
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-03-2016

A qué viene Obama



El punto de partida de cualquier análisis sobre la visita de Barack Obama a Cuba y Argentina es la constatación de las derrotas sufridas por el ocupante de la Casa Blanca tanto en el ámbito doméstico como en el internacional. En el primero, Obama fracasó en sus tres más ambiciosas tentativas de reforma: la financiera, la migratoria y la de salud. Para empeorar las cosas la economía no termina de recuperarse de la crisis estallada en el 2008 y la suma de la deuda pública más la de los particulares superó durante el mandato de Obama el monto del PIB de los Estados Unidos. O sea, el país debe más de lo que produce en un año.

En el ámbito internacional la suerte no le fue menos esquiva: la retirada de Irak fue más que nada un gesto demagógico, para consumo interno, que terminó sumiendo a ese país en un caos de gigantescas proporciones que al poco tiempo rebasó las fronteras iraquíes e incendió la reseca pradera del resto del Oriente Medio; el apoyo diplomático, financiero y militar a presuntos “combatientes por la libertad” en la región alimentó la hoguera del fundamentalismo jijadista y terminó por engendrar a un monstruo como el EI, que está haciendo metástasis en África y Europa, aparte del Oriente Medio. La misma Hillary Clinton reconoció esta realidad al declarar, hace poco, que “nos equivocamos en la elección de nuestros amigos”. Mientras, la situación se descompone en Europa Oriental con la crisis de Ucrania, potenciada por la intervención de Estados Unidos en donde la mismísima Victoria Nuland, Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, asistía a las bandas de neonazis que acampaban en la Plaza Maidán y les ofrecía botellitas de agua y galletitas, azuzándolos para que tomaran el poder por asalto, cosa que hicieron poco después en medio de sangrientos episodios. La respuesta de Rusia ante la descarada ofensiva de la OTAN fue apoyar a los sectores rusófilos del este de Ucrania y en una fulminante operación militar recuperar nada menos que la península de Crimea, ante lo cual Estados Unidos y sus compinches europeos no les quedó otra que demostrar su impotencia y rumiar su frustración. Y no le va mucho mejor a Obama en el Extremo Oriente, donde en el Mar del Sur de la China, cuyo lecho submarino contiene grandes reservas de gas y petróleo disputadas por el gigante asiático y por Japón, ha puesto a estos dos países en pie de guerra.

En consecuencia, tanto en lo interno como en la arena internacional Obama es un presidente urgido por recibir buenas noticias que le permitan abandonar su cargo con algunos lauros que lo instalen en un lugar relativamente honorable en la historia. Poco probable que las obtenga en alguno de los dos frentes; pero en el internacional le queda una carta en la cual podría anotarse algunas victorias significativas. El exasperadamente lento y laborioso desmontaje del criminal bloqueo a Cuba, aún en vigor, sería uno de sus logros. De hecho, con la liberación de los tres luchadores antiterroristas cubanos que seguían presos en las cárceles del imperio envió una señal importante pero aún insuficiente. El camino por recorrer para “normalizar” de verdad la relación entre Cuba y Estados Unidos es todavía muy largo y empinado, pero con su visita a la isla –la primera de un presidente norteamericano desde el triunfo de la Revolución- sus credenciales se ven fortalecidas. Dependerá mucho de qué es lo que ofrecerá a los cubanos, en términos concretos, para comenzar a desmantelar un bloqueo que ha sido condenado unánimemente por la comunidad internacional. En momentos como estos los discursos y la retórica huérfanas de iniciativas concretas se parecen demasiado a una burla o a una maniobra demagógica. Pese a las leyes del bloqueo aprobadas por el Congreso las atribuciones presidenciales para moderar sus alcances siguen siendo significativas. Pero, hasta ahora, Obama no las ha hecho valer sino en cuentagotas. Mal se puede hablar de “normalización” de las relaciones bilaterales cuando un país persigue, hostiga y bloquea a otro, o cuando declara que el objetivo irrenunciable de la política de Washington hacia Cuba es promover “el cambio de régimen”, sólo que por otros medios. La ilegalidad e inmoralidad de esta política salta a la vista. Hasta ahora esos “otros medios”, supuestamente distintos al bloqueo, están por verse. En Cuba Obama tendrá también una segunda oportunidad: impulsar vigorosamente el Diálogo de Paz entre el gobierno colombiano y las FARC, doblegando las últimas resistencias que se oponen al acuerdo. Sólo el tiempo dirá si tiene las agallas suficientes como para enfrentar exitosamente ambos desafíos.

El complemento de su periplo cubano es la inesperada visita que decidió hacer a la Argentina, un gesto de apaciguamiento para los trogloditas dentro de Estados Unidos que lo han escarnecido por su decisión de visitar Cuba y también una clara retribución por los servicios prestados por el presidente Mauricio Macri al asumir, con mucha más legitimidad que Álvaro Uribe (enlodado por sus vínculos con el narcotráfico y el paramilitarismo) el papel de punta de lanza en la escalada destituyente de la Revolución Bolivariana. Como es sabido, el objetivo estratégico inmediato de Washington es doble: acabar con el chavismo y recuperar el control de Brasil. Macri puede ser una pieza valiosa para materializar estos planes al atacar al gobierno venezolano e intentar aislarlo vía su eventual exclusión del Mercosur; y al acordar con la derecha golpista brasileña en la necesidad de redefinir, en clave ultraneoliberal, al Mercosur y poner fin al “populismo petista”, al paso que, ya en el plano sudamericano, se asfixia económicamente y políticamente a la UNASUR y la CELAC. Pero Obama no se conforma sólo con eso y espera todavía algo más de la Casa Rosada: un apoyo fuerte y sin reservas a la Alianza del Pacífico (tres de cuyos gobiernos fundantes son caracterizados por los analistas internacionales como “narcoestados”: México, Colombia y Perú) y al Tratado Trans Pacífico, engendro de Washington para instalar un gigantesco ALCA en la Cuenca del Pacífico. Ambas iniciativas tienen un ominoso común denominador: la exclusión de China, la segunda economía del mundo o, según como se la mida, la primera. Precisamente con este país se ha producido días atrás un gravísimo incidente: el hundimiento de un pesquero chino que se había internado ilegalmente en aguas territoriales de la Argentina. China es el segundo socio comercial después de Brasil, el principal comprador de productos agrícolas de la Argentina y uno de sus socios financieros e inversionistas más importantes. Poco o nada se ha dicho hasta ahora de este suceso por parte de Beijing pero no hay duda que las relaciones entre ambos países sufrirán inéditas tensiones. Casualmente el hundimiento del pesquero tiene lugar en vísperas de la llegada de Barack Obama a la Argentina, y hay algunas razones para especular que esta súbita “mano dura” de la Prefectura argentina, excepcional habida cuenta de los numerosos pesqueros que depredan las aguas territoriales de ese país sin ser molestados, podría ser otro gesto de “buena voluntad” de la Casa Rosada para con el visitante. Una inequívoca señal de que, pese a la robustez de los vínculos económicos con China, Buenos Aires se alineará incondicionalmente con Estados Unidos en su sorda lucha con China y Rusia. No queda claro, en cambio, cuáles serían los gestos amistosos y de colaboración de Obama para con quien se ha constituido en su vocero y principal operador en el marco de la política sudamericana y que ha ido tan lejos como para demostrar su amistad ametrallando y hundiendo a un pesquero chino. Como lo recordaba el gran historiador Eric Hobsbawm estamos viviendo tiempos interesantes, tiempos de “cambios de época”, con un signo político positivo, de progreso hacia un mundo mejor. Pero en la tradición china, decía Hobsbawm, si alguien quiere maldecir a otro le desea que viva “tiempos interesantes”, es decir, signados por la inestabilidad y la violencia. El tiempo dirá cual de las dos versiones es la que nos espera.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 




Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter

Bolivia.


Rebelion. La Guerra de IV Generación en Bolivia: el “Caso Zapata”
Portada :: Bolivia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-03-2016

La Guerra de IV Generación en Bolivia: el “Caso Zapata”



La propaganda es el uso sistemático más o menos deliberadamente planeado de símbolos, principalmente mediante sugestión y técnicas psicológicas similares, con la intención de alterar y controlar opiniones, ideas, valores y, en última instancia, cambiar acciones públicas con arreglo a unas líneas predeterminadas. Se mueve en una estructura determinada sin la cual no pueden comprenderse sus aspectos psicológicos y culturales

 J.A.C. Brown, Técnicas de persuasión

 

Durante los 10 años de revolución democrática y cultural en Bolivia los Estados Unidos, con el apoyo de la derecha nacional y regional, han puesto en marcha diferentes tácticas y estrategias para lograr sus objetivos geopolíticos y geoestratégicos.

Así como el proceso de cambio boliviano ha atravesado por diferentes fases desde la victoria de Evo Morales y el MAS en diciembre de 2005, teorizadas1 por el Vicepresidente Álvaro Garcia Linera, también la derecha y el imperialismo han venido modificando sus estrategias para erosionar el proceso de cambio, que podemos definir como 5 intentos diferentes de golpe.

5 GOLPES EN 10 AÑOS

1.- Golpe anti-constituyente: Evo Morales toma posesión el 21 de enero de 2006, el 1 de ese mismo año nacionaliza los recursos naturales pasando a ser propiedad de todo el pueblo boliviano, y el 6 de agosto instala la Asamblea Constituyente. La respuesta inmediata fue la llegada de Philip Goldberg como Embajador de Estados Unidos. Goldberg había sido Asistente Especial del Embajador Richard Holbrooke, artífice de la desintegración de Yugoslavia y la caída de Milosevic, y más adelante Embajador en Kosovo, donde tuvo un rol importante en la separación de los Estados de Serbia y Montenegro y la desintegración de Yugoslavia. El objetivo era claro, la balcanización de Bolivia.

2.- Golpe cívico prefectural: Una vez finalizada la Asamblea Constituyente, pero antes de la aprobación de la Constitución Política del Estado en referéndum, durante todo el 2008 se producen una serie de acciones sediciosas coordinadas y planificadas, de toma de instituciones públicas en Cochabamba, Sucre, Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija.

3.- Golpe terrorista-separatista: Tras fracasar el golpe cívico-prefectural y ser derrotada la derecha boliviana primero militarmente en septiembre de 2008 en Pando, y después políticamente en enero de 2009 al ser aprobada la Constitución en referéndum con el 61% de los votos, se pasa a una nueva modalidad de golpe con la llegada de un grupo de terroristas extranjeros encabezados por Eduardo Rozsa, mercenario de la guerra serbo-croata (de nuevo los Balcanes, nada es casualidad). El objetivo era claro, defender Santa Cruz de cualquier cerca indígena-campesino, y buscar su secesión, dicho por el propio Rozsa en su última entrevista2 a un canal húngaro, país de donde provenía su familia. El golpe terrorista-separatista fue desarticulado por la inteligencia boliviana con el asalto al Hotel Las Américas de Santa Cruz en abril de 2009.

4.- Golpe a las organizaciones sociales: Durante 2011 y 2012, al no poder derrocar mediante la fuerza al gobierno boliviano, se intenta desestabilizar la base social del proceso de cambio, el núcleo duro de apoyo al gobierno del Presidente Evo, las organizaciones sociales. La estrategia central de este nuevo golpe pasó por el intento de quebrar el movimiento indígena originario campesino mediante el conflicto del TIPNIS, inflado artificialmente, y las marchas, coordinadas con la Embajada de Estados Unidos3. Dentro de este nuevo tipo de golpe podemos encuadrar también los intentos de desestabilización de la Policía y las Fuerzas Armadas.

5.- Golpe mediático: Tras el fracaso de los intentos de golpe anteriores y la contundente victoria de Evo Morales y el Movimiento al Socialismo en octubre de 2014 con el 61% de los votos, se activa un nuevo golpe, basado en la activación de una estrategia de desestabilización y construcción masiva de mentiras en los medios de comunicación y redes sociales. Esta nueva fase golpista, que comienza en 2015, abandona la disputa política tradicional, pues Evo es invencible en el ámbito de la gestión gubernamental, y despojándose de todo resquicio de ética política, comienza una batalla mediática en un territorio geoestratégico y cada vez más soberano que comienza a construir unas nuevas relaciones geopolíticas con el Sur del mundo, léase China, Rusia o Irán.

LA GUERRA DE IV GENERACIÓN

Esta fase de golpe mediático contra el proceso de cambio boliviano se inscribe en el concepto de Guerra de IV Generación. Fourth Generation Warfare (4GW) es como los estrategas militares estadounidenses definen una guerra en la era de la informática y las comunicaciones globalizadas, guerra donde el objetivo no es matar, sino conquistar y controlar cerebros, guerra sin frente ni retaguardia donde las balas apuntan a las vulnerabilidades psicológicas de la población4 .

La Guerra de IV Generación comienza a diseñarse en 1989 con la publicación de un documento por parte de oficiales del Ejército de los Estados Unidos titulado “El rostro cambiante de la guerra: hacia la cuarta generación5”. Esta idea se desarrolla en el libro “La transformación de la guerra. La más radical reinterpretación del conflicto armado desde Clausewitz” del israelí Martin Van Creveld. En esta publicación ya se teoriza sobre el reemplazo de bases militares por bases mediáticas, el reemplazo de militares por expertos en contrainsurgencia y comunicación/marketing político, y el reemplazo de operaciones militares por operaciones psicológicas.

Veamos cómo ha ido desarrollando el Ejercito de los Estados Unidos estas teorías: “Incluyen actividades psicológicas y guerra psicológica y abarca aquellas acciones políticas militares, económicas e ideológicas planeadas y conducidas para crear en grupos extranjeros enemigos, hostiles, neutrales o amigos, las emociones, actitudes o conducta favorable para el logro de las políticas y los objetivos nacionales”.

También el Ejército de Chile ha teorizado sobre la cuestión: “El conjunto de actividades psicológicas que se desarrollan para influir en las opiniones, emociones, actitudes y conductas de países aliados, enemigos, neutrales y organismos internacionales, de modo que se facilite la consecución de objetivos políticoestratégicos y estratégicos”.

OPERACIONES NO LINEALES DE AMPLIO ESPECTRO

La Guerra de IV Generación está sustentada en la geostrategia estadounidense y en el concepto de simultaneidad operativa6.

Este concepto no es algo nuevo en el campo de la estrategia militar, sino que fue creado en las décadas de los 20 y 30 en Rusia por los teóricos militares Triandafillov y Tukhachevskii y plantea entender al enemigo como un sistema al que hay que colapsar, buscar su centro de gravedad y golpearlo donde sea más vulnerable. El centro de gravedad es lo que permite mantener la estabilidad y cohesión. Si se ataca el centro de gravedad, impides la libertad de acción y logras que tu objetivo se tambalee7.

No es muy difícil pensar lo sucedido en Bolivia en las últimas semanas de la campaña por el referéndum para la reforma parcial de la Constitución como una operación lineal de amplio espectro, donde el espacio geográfico, la campaña, no era tan importante como el centro de gravedad al que había que golpear. Si el proceso de cambio tiene un centro de gravedad que otorga estabilidad y cohesión, esa es la figura de Evo Morales.

La combinación de esta estrategia de simultaneidad operativa para erosionar el centro de gravedad del proceso de cambio, unido a una operación psicológica muy bien planeada en la Embajada de Estados Unidos, ejecutada por un operador de la CIA, el paraperiodista ex narcotraficante Carlos Valverde, y sustentada por el Cartel de la Mentira conformado por los medios de comunicación Página Siete, Erbol, El Deber y ANF, ha dado lugar a que la Guerra de IV Generación se haya plasmado en Bolivia en el parcialmente exitoso, en la medida en que impulsó la victoria del No en el referéndum constitucional, que podemos definir como “Caso Zapata”.

OPSIC: EL CASO ZAPATA

Al igual que en la guerra clásica, en la guerra psicológica también se busca aniquilar, controlar o asimilar al enemigo8. En el Caso Zapata el teatro de operaciones fue toda la sociedad boliviana a través de los medios de comunicación.

El Caso Zapata se trata de una operación de inteligencia destinada a desacreditar la figura del Presidente Evo Morales, hasta el momento intocable, trabajando y construyendo percepciones a partir de algunas medias verdades y muchas mentiras. Todo ello amplificado en el campo de los medios.

Para entender cómo se manipulan las noticias a través de los medios de comunicación, vamos a remitirnos a tres conceptos teóricos:

1.- Agenda Setting: Teorizado por Mccombs y Shaw, define como los medios pueden tener en sus manos la priorización y jerarquización de determinados temas, influyendo en las preocupaciones e imaginarios de los grupos de personas a los que va dirigido. Si se satura la sociedad con determinadas informaciones distorsionadas, se acaba instalando una idea. De alguna manera es la versión (pos)moderna del dicho de Goebbels de que una mentira repetida mil veces se termina convirtiendo en una verdad. En el Caso Zapata, y sobre todo a raíz de la “polémica” sobre el presunto hijo del Presidente, es claro que el Cartel de la Mentira conformado por los periódicos Página Siete y el Deber, la red de emisoras Erbol y la agencia de noticias Fides (ANF) instalaron el tema aun por encima de otras noticias más importantes para el país, con el único objetivo de erosionar la figura del Presidente Evo Morales, apelando a los imaginarios de las clases medias e intentándolo ligar, aun por elevación, a un caso de tráfico de influencias para “humanizar” su figura e igualarlo a los anteriores y corruptos gobiernos neoliberales.

2.- Gatekeeper: Utilizado en 1947 por el psicólogo Kurt Lewin, fue aterrizado en el ámbito periodístico por David White y alude a la función de “portería”, filtro utilizado en los medios de comunicación para decidir qué noticias pasan y cuáles no, además de en qué orden de importancia. Es por eso que han tenido mucha más relevancia en todo el Cartel de la Mentira las declaraciones del narcoperiodista Carlos Valverde o una falsa tía de Gabriela Zapata, que las explicaciones del Presidente Evo o el Vicepresidente Álvaro García Linera, e incluso la comprobación mediante pruebas documentales de las mentiras del Caso Zapata por parte del Fiscal General del Estado Ramiro Guerrero.

3.- Newsmaking: Pero el Gatekeeper necesita del Newsmaking de manera complementaria, termino trabajado por Mauro Wolf, uno de los más importantes teóricos de la comunicación, que proponía que “se trata de entender cómo puede ocurrir que instrumentos muy potentes desde el punto de vista de la cantidad de los flujos informativos, a menudo, determinan un empobrecimiento de la calidad de la información, una depreciación de la función periodística.”9 Es decir, el filtro no es solo del periodista o el redactor, sino corresponde a la línea editorial de un periódico. Lo que un determinado medio publica es el mandato concreto del dueño del medio. En el Caso Zapata, es clara la intencionalidad política de los medios de derecha, y podemos poner como ejemplo a Página Siete, en manos de la familia Garafulic, responsables de la capitalización de empresas públicas durante el neoliberalismo, y con vínculos familiares con la Diputada de la UDI pinochetista chilena Mónica Zalaquett.

Los tres elementos anteriores son parte de una OPSIC perfectamente planificada para formar una opinión pública que no hubiera sido posible por supuesto sin la colaboración, voluntaria en muchos casos como es el caso del Sr. Valverde quien recibió como ha quedado demostrado y denunciado, información de la Embajada de Estados Unidos, e involuntaria de muchos periodistas paraopositores que se han prestado a ser parte de la operación con tal de golpear el proceso de cambio y fortalecer la opción del No en el referéndum.

PLAN CONDOR MEDIÁTICO CONTRA LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS

La Operación Psicológica contra el proceso de cambio boliviano tenía un Plan A, que era conseguir manipular lo suficiente el estado de animo de la población boliviana como para que ganara la opción del No. Pero se complementaba con un Plan B que era instalar la idea del fraude en caso de que hubiera ganado el Sí, junto con un estallido de violencia los días posteriores a la promulgación de resultados por parte del Tribunal Supremo Electoral.

Esta operación forma parte de un Plan Cóndor mediático contra los procesos de cambio en América Latina y el Caribe, que con diversas tonalidades y colores, está en marcha en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil.

Si bien es cierto que la lucha de clases en Nuestra América contó con viento a favor durante la última década y media, se ha entrado en una etapa de turbulencias y los medios de comunicación, especialmente las redes sociales (que incluso generan contenidos/noticias que luego son dadas como ciertas por los mass media), son un nuevo campo de batalla donde también se dirime la continuidad y profundidad del ciclo progresista. Para enfrentar esta nueva etapa, es urgente y necesario un acuerdo programático de mínimos para toda la izquierda latinoamericana y caribeña. ¿Cuál es el programa político de las izquierdas para esta nueva etapa del ciclo progresista? En función de cómo se resuelva esta pregunta se abrirá la posibilidad de avanzar y remontar el reflujo en el cambio de época nuestroamericano.

Notas:

1 Las tensiones creativas de la revolución http://www.vicepresidencia.gob.bo/IMG/pdf/tensiones_revolucion.pdf

2 https://youtu.be/OIQbaQt6XB4

3 Embajada de Estados Unidos admite contactos con dirigentes del TIPNIS http://www.la-razon.com/index.php?_url=/nacional/EMBAJADA-EEUU-ADMITE-CONTACTOS-DIRIGENTES_0_1454854519.html

4 Descrito de manera amplia en Ramos, Mario. “Los ‘nuevos’ métodos de guerra que emplea el imperialismo” [CLASE]. (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia – Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Centro Cultural d e la Cooperación, Buenos Aires, Febrero 2016).

5 http://es.slideshare.net/maggtirado/el-rostro-cambiante-de-la-guerra

6 S imultaneidad operativa y su aplicación a operaciones no lineales de amplio espectro y a la lucha contraterrorista http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2013/DIEEEO85-2013_OperacionesAntiterroristas_JPSomiedo.pdf

7 ‘Nuevos’ modelos de guerra y potenciales amenazas al Estado ecuatoriano http://www.rebelion.org/docs/206160.pdf

8 Ramos, Mario. “Operaciones psicológicas” [CLASE]. (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia – Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, Marzo 2016).

9 Los emisores de noticias en la investigación sobre comunicación http://www.ehu.eus/zer/hemeroteca/pdfs/zer03-01-wolf.pdf

Katu Arkonada. Militante del proceso de cambio boliviano y miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad

* Publicado originalmente en el semanario boliviano La Época y el periódico estatal Cambio

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter

domingo, 20 de marzo de 2016

'EE.UU. envía tropas a Siria para responder a la humillación infligida por Rusia'

'EE.UU. envía tropas a Siria para responder a la humillación infligida por Rusia': La decisión del presidente estadounidense de enviar un pequeño contingente de fuerzas especiales a Siria parece ser un esfuerzo para contrarrestar la humillación infligida por Rusia más que una nueva estrategia militar, según 'Wall Street Journal'.