lunes, 27 de junio de 2011

Pakistán y el Gran Juego.







Rebelion. Obama aprieta las clavijas a Pakistán















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27-06-2011







Obama aprieta las clavijas a Pakistán




Asia Times Online



Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens




Cuando el jefe del directorado de Relaciones Públicas de Inter-Servicios (ISPR, por sus siglas en inglés) hace una confesión, como hizo el 21 de junio, de que un brigadier en servicio del ejército en el Cuartel General (GHQ) en Rawalpindi está detenido acusado de tener vínculos con una organización extremista religiosa, hay que creer que algo debe andar muy mal en las fuerzas armadas.

Otro anuncio del ISPR, un día después, agregó a cuatro mayores del ejército a la columna del brigadier. Estos cuatro, sin embargo, solo son interrogados y no detenidos, por lo menos de momento.

Las fuerzas armadas de Pakistán son un club exclusivo que no deja salir mucha información sobre sí mismo a menos que haya una razón abrumadora. Y el período actual es, sin duda, una fase semejante en la que han pasado muchas cosas que los integrantes de ese club elitista nunca habrían deseado ver.

La serie de humillaciones comenzó a principios de mayo con el embarazo de Abbottabad y el macabro sitio de la base naval Mehran, en Karachi, y no muestra ninguna señal de disminuir.

Mientras el calor sofocante en las planicies de Pakistán pronto dará lugar a los monzones anuales –con la probabilidad de que las inundaciones vuelvan a cubrir el país– nubes oscuras cubren ominosamente el horizonte del ejército.

La temporada de caza que los políticos opositores, dirigidos por el dos veces primer ministro Nawaz Sharif, han lanzado contra el papel inflado pero malquisto de los militares en el gobierno, basta para poner a prueba su resistencia. Y ahora el presidente de EE.UU., Barack Obama, también se ha inmiscuido para hacer que el desafío sea aún más oneroso para los generales en el Cuartel General.

El discurso de Obama del 22 de junio desde la Casa Blanca –en el que anunció el comienzo de su prometido repliegue de las tropas de EE.UU. de Afganistán en julio de este año, que se realizará en fases durante los próximos tres años– contiene una lista de demandas y advertencias ocultas para Pakistán, en particular para sus militares.

Para Obama, la reducción de la presencia de tropas de combate estadounidenses en Afganistán no significa ninguna dilución de su firme decisión de mantener la presión contra al-Qaida y sus compañeros militantes. Elogió los esfuerzos de Pakistán que, junto con la fuerza estadounidense, han llevado a que se haya eliminado a más de la mitad de los dirigentes de al-Qaida. Sin embargo, no dejó lugar a dudas de que mientras él sea el jefe, no habrá un santuario para terroristas, en ninguna parte.

Por ello, Pakistán y el papel de sus militares tienen una posición fundamental en los cálculos de Obama. Es bastante categórico en que no habrá “refugios para al-Qaida”. Fue un mensaje claro a Pakistán para que asegure que no haya escondites de al-Qaida y sus compañeros de ruta en la “tierra de nadie” de las Áreas Tribales bajo Administración Federal (FATA) que bordean Afganistán.

Los estadounidenses demandan desde hace tiempo y persistentemente que el ejército paquistaní haga en el área tribal de Waziristán del Norte lo que hizo en Waziristán del Sur. El ejército paquistaní –por una serie de razones– ha andado con rodeos respecto a esa demanda. Pero Obama sonó más insistente y resuelto que nunca. Por cierto, su confianza ha aumentado desde que fuerzas especiales de EE.UU. asesinaron al fundador de al-Qaida, Osama bin Laden, en su escondite cercano a un complejo militar en Abbottabad. Por lo tanto, apenas se anduvo con rodeos cuando articuló que “insistiremos” en que Pakistán cumpla sus compromisos.

A Obama le es fácil aumentar la presión sobre Pakistán, combinada con advertencias apenas ocultas de que si Pakistán no lo hace lo hará él por su cuenta, lo que en palabras simples significa otra operación unilateral como en Abbottabad.

Sin embargo, las incesantes exigencias de Obama de que el ejército de Pakistán haga aún más, mientras él mismo le pone una pistola en la cabeza, es un dilema sin salida para los generales. El precio que Obama podría cobrarles a ellos y a su país es enorme.

El último sondeo en Pakistán de Pew Research, basada en Washington, después de la muerte de bin Laden, establece que un 67% de los paquistaníes encuestados, una mayoría sólida, no piensa que la “guerra contra el terror” sea asunto suyo. Una nueva incursión del ejército en Waziristán del Norte para complacer a los estadounidenses, solo podría provocar más indignación pública, algo que difícilmente podría arrostrar una dirigencia del ejército que ya está a la defensiva.

La operación del ejército paquistaní en Waziristán del Sur ya produjo un aumento masivo de los actos de terrorismo que han cobrado un precio elevado en la vida pública. Otra aventura quijotesca inevitablemente agregaria leña al fuego y llevaría al país al borde de la anarquía.

Dicho en pocas palabras, Pakistán podría deslizarse hacia una guerra civil, en vista de una tensión que ya está sobrecargada en su cultura política, en la que la tolerancia de cualquier tipo es extremadamente escasa.

Además, Pakistán está en alerta ante las conversaciones que Washington ha realiza a sus espaldas desde hace algún tiempo con los talibanes afganos. El que no se haya informado a Pakistán solo tiene un significado para Islamabad: el gobierno de Obama no confía suficientemente en los paquistaníes como para dejar que participen en negociaciones que tendrían consecuencias trascendentales para su país, más que para cualquier otro vecino de Afganistán.

Islamabad también se siente cada vez más suspicaz por la aceptación que la denominada "fórmula Blackwill" –dividir Afganistán siguiendo líneas étnicas en un sur pastún y un norte no pastún– encuentra en los niveles superiores del gobierno de Obama.

Prácticamente existe un consenso en la comunidad intelectual de Pakistán, y entre los responsables políticos, de que el autor de esa receta, Robert Blackwill, absorbió mucha influencia india en su luminosa idea. Blackwill fue embajador de George W. Bush en India de 2001 a 2003.

La comunidad intelectual de Pakistán también teme que el repliegue de fuerzas de Obama, repartido en tres años, esté ajustado de manera que el plan Blackwill tenga amplia oportunidad de prevalecer en Afganistán.

Afganistán dividido no solo eliminaría la profundidad estratégica de Pakistán frente a India, sino que también se podría convertir en una causa para que los pastunes a ambos lados de la Línea Durand, la frontera escasamente marcada entre Afganistán y Pakistán, se unan. Una unidad semejante solo significaría más desmembramiento de Pakistán y abriría una caja de Pandora. Pakistán simplemente no puede ver con buenos ojos un resultado semejante y no escatimará esfuerzos para frustrarlo.

Karamatullah K Ghori es ex embajador de carrera de Pakistán, cuyos puestos diplomáticos lo llevaron a EE.UU., Argentina, Japón, China, las Filipinas, Argelia, Kuwait, Iraq, Macedonia y Turquía.

(Copyright 2011 Asia Times Online (Holdings) Ltd. All rights reserved.

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/MF25Df02.html

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sábado, 25 de junio de 2011

UE: ¿Soloción estructural?







Rebelion. No es Grecia. Es el capitalismo, ¡estúpido!















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Opinión






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25-06-2011







No es Grecia. Es el capitalismo, ¡estúpido!










Los medios, las consultoras, los economistas, los bancos de inversión, los presidentes de los bancos centrales, los ministros de hacienda, los gobernantes no hacen otra cosa que hablar de “la crisis griega”. Ante tanta vocinglería mal intencionada es oportuno parafrasear aquella frase de campaña de Bill Clinton para decir e insistir que la crisis es del capitalismo, no de Grecia. Que este país es uno de los eslabones más débiles de la cadena imperialista y que es a causa de ello que por allí hacen eclosión las contradicciones que lo están carcomiendo irremisiblemente.

La alarma de los capitalistas, justificada sin dudas, es que el derrumbe de Grecia puede arrastrar a otros países como España, Irlanda, Portugal y comprometer muy seriamente la estabilidad económica y política de las principales potencias de la Unión Europea. Según informa la prensa financiera internacional, representativa de los intereses de la “comunidad de negocios” (léase: los gigantescos oligopolios que controlan la economía mundial) la resistencia popular a las brutales medidas de austeridad propuestas por el ex presidente de la Internacional Socialista y actual primer ministro griego, Georgios Andreas Papandreu, amenazan con arrojar por la borda todos los estériles esfuerzos hasta ahora realizados para paliar la crisis. La zozobra cunde en el patronato ante las dificultades con que tropieza Atenas para imponer las brutales políticas exigidas por sus supuestos salvadores. Con toda razón y justicia los trabajadores no quieren hacerse cargo de una crisis provocada por los tahúres de las finanzas, y la amenaza de un enorme estallido social, que podría reverberar por toda Europa, tiene paralizada a las dirigencias griega y europea.

La inyección de fondos otorgada por el Banco Central Europeo, el FMI y los principales países de la zona euro no han hecho sino agravar la crisis y fomentar los movimientos especulativos del capital financiero. El resultado más visible ha sido acrecentar la exposición de los bancos europeos ante lo que ya aparece como un inevitable default griego. Las conocidas recetas del FMI, el BM y el Banco Central Europeo: reducción de sueldos y jubilaciones, despidos masivos de empleados públicos, remate de empresas estatales y desregulación de los mercados para atraer inversiones han surtido los mismos efectos padecidos por varios países de América Latina, notablemente la Argentina. Parecería que el curso de los acontecimientos en Grecia se encamina hacia un estrepitoso derrumbe como el que conocieran los argentinos en diciembre del 2001. Dejando de lado algunas obvias diferencias hay demasiadas semejanzas que abonan este pronóstico. El proyecto económico es el mismo, el neoliberalismo y sus políticas de shock ; los actores principales son los mismos: el FMI y los perros guardianes del imperialismo a escala global; los ganadores son los mismos: el capital concentrado y muy especialmente la banca y las finanzas; los perdedores son también los mismos: los asalariados, los trabajadores y los sectores populares; y la resistencia social a esas políticas tiene la misma fuerza que supo tener en la Argentina. Es difícil imaginar un soft landing, un aterrizaje suave, de esta crisis. Lo previsible y lo más probable es precisamente lo contrario, tal como ocurrió en el país sudamericano.

Claro que a diferencia de la crisis argentina, la griega está destinada a tener un impacto global incomparablemente mayor. Por eso el mundo de los negocios contempla con horror el posible “contagio” de la crisis y sus devastadores efectos entre los países del capitalismo metropolitano. Se estima que la deuda pública griega asciende a 486.000 millones de dólares y que representa un 165 % del PIB de ese país. Pero tal cosa ocurre en una región, la “eurozona” en donde el endeudamiento ya asciende al 120 % del PIB de los países del euro, con casos como Alemania con un 143 %, Francia, 188 % y Gran Bretaña con el 398 %. No debe olvidarse, además, que la deuda pública de Estados Unidos ya asciende al cien por ciento de su PBI. En una palabra: el corazón del capitalismo global está gravemente enfermo. Por contraposición la deuda pública china en relación a su gigantesco PBI es de apenas el 7 %, la de Corea del Sur 25 % y la de Vietnam 34 %. Hay un momento en que la economía, que siempre es política, se transforma en matemática y los números cantan. Y la melodía que entonan dicen que aquellos países están al borde de un abismo y que su situación es insostenible. La deuda griega -exitosamente disimulada en su gestación y desarrollo gracias a colusión criminal de intereses entre el gobierno conservador griego de Kostas Karamanlis y el banco de inversión favorito de la Casa Blanca, Goldman Sachs- fue financiada por muchos bancos, principalmente en Alemania y, en menor medida, Francia. Ahora son acreedores de papeles de una deuda que la calificadora de riesgo Standard & Poor's (S&P) calificó con la peor nota del mundo: CCC, es decir, tienen acreencias sobre un deudor insolvente y que no tiene condiciones de pagar. En igual o peor posición se encuentra el ultraneoliberal Banco Central Europeo, razón por la cual un default griego tendría consecuencias cataclísmicas para este verdadero ministro de finanzas de la Unión Europea, situado al margen de cualquier control democrático. Las pérdidas que originaría la bancarrota griega no sólo comprometería a los bancos expuestos sino también a los países en problemas, como España, Irlanda, Italia y Portugal, que tendrían que afrontar el pago de intereses mucho más elevados que los actuales para equilibrar sus deterioradas finanzas. No hace falta mucho esfuerzo para imaginar lo que sucedería si se produjese, como se teme, una cesación unilateral de pagos griega, cuyo primer impacto daría en la línea de flotación de la locomotora europea, Alemania.

Los problemas de la crisis griega (y europea) son de origen estructural. No se deben a errores o a percances inesperados sino que expresan la clase de resultados previsibles y esperables cuando la especulación y el parasitismo rentístico asumen el puesto de comando del proceso de acumulación de capital. Por algo en el fragor de la Gran Depresión de los años treintas John Maynard Keynes recomendaba, en su célebre Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, practicar la eutanasia del rentista como condición indispensable para garantizar el crecimiento económico y reducir las fluctuaciones cíclicas endémicas en el capitalismo. Su consejo fue desoído y hoy son aquellos sectores los que detentan la hegemonía capitalista, con las consecuencias por todos conocidas. Comentando sobre esta crisis el Istvan Meszaros decía hace pocos días que “una crisis estructural requiere soluciones estructurales”, algo que quienes están administrando la crisis rechazan terminantemente. Pretenden curar a un enfermo en gravísimo estado con aspirinas. Es el capitalismo el que está en crisis y para salir de ella se torna imprescindible salir del capitalismo, superar cuanto antes un sistema perverso que conduce a la humanidad al holocausto en medio de enormes sufrimientos y una depredación medioambiental sin precedentes. Por eso la mal llamada "crisis griega" no es tal; es, en cambio, el síntoma más agudo de la crisis general del capitalismo, esa que los medios de comunicación de la burguesía y el imperialismo aseguran desde hace tres años que ya está en vías de superación, pese a que las cosas están cada vez peor. El pueblo griego, con su firme resistencia, demuestra estar dispuesto a acabar con un sistema que ya es inviable no en el largo sino en el mediano plazo. Habrá que acompañarlo en su lucha y organizar la solidaridad internacional para tratar de evitar la feroz represión de que es objeto, método predilecto del capital para solucionar los problemas que crea su desorbitada voracidad. Tal vez Grecia, que hace más de dos mil quinientos años inventó la filosofía, la democracia, el teatro, la tragedia y tantas otras cosas, pueda volver sobre sus fueros e inventar la revolución anticapitalista del siglo veintiuno. La humanidad le estaría profundamente agradecida.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.







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Una visión panorámica.







Rebelion. Las áreas estratégicas del imperio















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Economía






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25-06-2011







Las áreas estratégicas del imperio










Las agresiones bélicas de la última década han privilegiado las zonas tradicionales de intervención imperial: Medio Oriente, América Latina y África. También en este plano Obama continúa con menos alardeos, la política de atropellos que implementó Bush. Evita las imprudencias de su antecesor, pero preserva la misma agenda militarista.

Las incursiones repiten un libreto conocido. Primero aparecen los discursos moralizadores y luego el hostigamiento del enemigo, que está invariablemente localizado en una región apetecida. Posteriormente se exige la rendición con chantajes diplomáticos de la ONU y finalmente aparece el bombardeo o la ocupación del país cuestionado.


LA DEMOLICIÓN DE IRAK

 Los ataques en Medio Oriente obedecen a dos razones específicas: reservas petroleras y ubicación geopolítica. Estas motivaciones determinaron la continuada presencia imperial durante todo el siglo XX. Pero el ciclo iniciado en el 2001 se ha caracterizado por nuevos atropellos que alcanzaron proporciones dantescas en Irak.

Todavía se desconoce cuántas víctimas provocó la invasión norteamericana, aunque varias estimaciones computan 600.000 muertos, cuatro millones desplazados y dos millones exiliados. Aumentó la desnutrición infantil, el 43% de población recayó en la pobreza extrema, la mitad de los trabajadores quedaron desempleados, el 79% de los habitantes carece de agua potable y se perdió al 80% de los médicos [3] .

En Irak ha imperado el terror cotidiano y ya nadie recuerda los ridículos argumentos esgrimidos por Bush para lanzar el ataque. Todos los funcionarios han reconocido que nunca existieron las armas de destrucción masiva y con gran cinismo hablan de “errores de evaluación” o “fallas de información”. Es sabido que utilizaron un burdo pretexto para consumar una ocupación cuidadosamente planificada.

El control del petróleo fue la causa directa de la invasión. Es conocida la vinculación de la familia Bush con ese sector y la urgencia por ampliar el abastecimiento de crudo importado, ante el escaso desarrollo de las energías renovables. Todos los gobiernos norteamericanos han buscado incrementar esa provisión, privilegiando la región del Golfo, que concentra dos tercios de las reservas mundiales y aporta el 30% de la producción. Con el control de Irak se intentó contrapesar la excesiva dependencia de suministros sauditas y se buscó incidir en la evolución de las cotizaciones del crudo.

El recurso natural más codiciado por las potencias afronta un horizonte de agotamiento que acentúa la rivalidad por su acaparamiento. La transición hacia un patrón energético independizado del petróleo será un proceso prolongado, que estimula la captura inmediata de todas las fuentes disponibles de crudo. Como ese abastecimiento es por otra parte imprescindible para el complejo militar-industrial, salta a la vista la influencia del Pentágono en el ataque a Irak. El petróleo es un insumo vital para el funcionamiento de la maquinaria bélica y garantizar su obtención en Medio Oriente ha sido un principio estratégico central desde la presidencia de Carter [4] .

Pero Irak no carga sólo con la desventura de riquezas petroleras que el imperio considera propias. Está ubicado en un punto de cruce entre China, India y Asia Central, que el poder norteamericano intenta rediseñar. Por esta razón Bush no repitió la acción punitoria de la “Tormenta del Desierto”, sino que optó por la ocupación permanente y la instalación de un gobierno títere [5] .

Algunos autores afirman también que el ataque fue también una imposición del lobby sionista, que ha buscado perpetuar un estado de guerra en toda la región. La “acción preventiva” pretendió convencer al mundo árabe del carácter invencible de Washington y la consiguiente conveniencia de aceptar las imposiciones del sionismo. Esta política desestabiliza el mercado petrolero y entraña conflictos con los emires del Golfo, pero asegura el amedrentamiento militar [6] .

Seguramente la enorme influencia lograda por los estrategas neoconservadores inclinó la balanza a favor de una incursión unilateral. Esta acción era recelada por los ideólogos tradicionales del establishment (como Kissinger o Brezinski), que advirtieron el peligro de repetir el pantano de Vietnam [7] .

La invasión fue un mensaje de dominación a todos los enemigos, adversarios, socios y aliados. Estados Unidos exhibió su decisión de aplicar la ley de la selva y envió una advertencia directa a todos los candidatos a sufrir alguna intervención (Corea, Irán, Siria). La primera potencia mostró los dientes a los países que despliegan su armamento en la zona (Rusia, China) y recordó a los aliados de la OTAN, quién ejerce el control efectivo de la fuerza. Este “efecto Hiroshima” ha sido frecuentemente utilizado por Estados Unidos. La devastación nuclear que sufrió Japón, inauguró un mensaje disuasivo del ejército que maneja un poder ilimitado de destrucción [8] .

La ocupación de Irak fue precipitada también por necesidades coyunturales de reforzamiento de la primacía del dólar, ante la amenaza de Hussein de comercializar el petróleo en euros. La invasión buscó brindar confianza a los países que acumulan bonos de Tesoro y financian los déficits gemelos de Estados Unidos. Todos los presidentes de la primera potencia han llevado a cabo alguna acción militar significativa, contra países que pueden ser derrotados con facilidad y en poco tiempo. De esta forma, el imperialismo hace valer su poderío a escala mundial [9] .

El plan inicial de Bush contemplaba destruir el viejo régimen, disolver su ejército e instaurar un régimen títere, pero fracasó por completo. La invasión creó un polvorín y desembocó en un a tolladero, que demostró la imposibilidad de reducir a Irak a un status colonial. Estados Unidos no está habituado a comandar este tipo de administraciones y la preexistencia de un aparato estatal moldeado en tradiciones nacionalistas, bloqueó cualquier posibilidad de protectorado colonial. El caos que sucedió a la invasión confirmó la imposibilidad de gobernar el país, sin el concurso de milicias locales y alguna minoría étnica.

La ocupación enfrentó una resistencia insurgente que utilizó gran armamento, demostró experiencia de lucha y exhibió voluntad de sacrificio. El terror fue una respuesta insuficiente y Estados Unidos ha comenzado a repetir la política ensayada por los británicos a principio del siglo XX: propiciar guerras sectarias entre las distintas confesiones, para crear un ejército títere al cabo de un desangre colectivo.

Con esa finalidad tolera una violencia religiosa que amenaza la integridad del país. Pero esta situación es ingobernable a mediano plazo y resulta imposible apoderarse del petróleo de una nación desgarrada. Estados Unidos ha creado un desastre, que no logra resolver.

La política de gobernar oponiendo grupos religiosos se instrumenta a través de los sectores sunitas financiados por Arabia Saudita, contra las fracciones chiitas solventadas por Irán. Pero esta reorganización confesional de Irak es una apuesta riesgosa, ya que abre el camino para otras fracturas (dentro de los chiitas) y nuevas acciones autónomas de la minoría kurda, que se ha divorciado del resto del país. Una partición definitiva en tres estados tornaría más difícil el manejo del petróleo y por eso Estados Unidos propicia algún tipo de federación bajo su arbitraje.

Ningún gobierno ha podido funcionar en el caos creado por el laberíntico clientelismo de una guerra de confesiones. Las elecciones instalan funcionarios sin poder de administración, las coaliciones nacionales no se trasladan a las regiones del interior y en el país impera el desgobierno. Por esta razón los invasores mantienen abierta la posibilidad de algún acuerdo con Irán o Siria, para tornar manejable la realidad política iraquí.

Este proceso dependerá del costo general de una ocupación, que no ha permitido la apropiación del petróleo, pero involucra un número acotado de bajas para el Pentágono. Hasta ahora no hay retirada a la vista, sino redistribución de las fuerzas ocupantes y adiestramiento de un ejército cipayo .

El resultado final permanece abierto. El imperialismo ha provocado un desangre interno que le permite permanecer en un atolladero, sin afrontar todavía la temida perspectiva de una retirada humillante. Pero esta perspectiva se reabrirá, si no logra alguna estabilización.


LA EXTENSION DE LA GUERRA

 Obama ha intentado salir del pantano iraquí, ampliando las operaciones en Afganistán y abriendo un nuevo frente en Pakistán. Pero al saltar de una región a otra borrando las fronteras, acentúa la ilegitimidad de guerras sucesivas implementadas por gobiernos aislados e impopulares.

Frente a cada adversidad militar aumenta la apuesta bélica y se agrava la tragedia humanitaria. Los refugiados, las masacres y la destrucción de localidades repiten lo ocurrido hacia tres décadas en Indochina, cuando la ocupación de Vietnam fue seguida de una invasión a Laos y otra a Camboya.

Con esta expansión guerrera se intenta reforzar un eje pro-norteamericano en torno a Egipto y Arabia Saudita, en oposición a Siria e Irán. También se pretende retomar la política de ocupación occidental, que guió la primera guerra del Golfo. El objetivo norteamericano es lograr nuevas contribuciones financieras de Europa y Japón y nuevos contingentes de tropas, aportados por todos los miembros de la OTAN. Pero remendar el unilateralismo de Bush exige victorias en el campo de batalla, que los marines no están logrando.

Afganistán es la prioridad de una ofensiva concebida para obtener éxitos inmediatos. El país estuvo siempre en el camino de los conquistadores y es un punto de encuentro entre China, India, Rusia e Irán. Alberga grandes reservas de petróleo, gas, cobre y hierro. Pero los crímenes se suceden sin respiro en todo el país y las batallas privatizadas multiplican el descontrol de las milicias informales.

El nivel de corrupción gubernamental es tan delirante como el fraude electoral. El propio gobierno norteamericano ha debido emitir algunas reprimendas a su impresentable títere (Karzai). La intolerancia religiosa y la discriminación contra la mujer –objetadas a los talibanes- son la norma oficial en el territorio.

Pero lo más llamativo es la resurrección de Afganistán como centro de producción y comercialización de drogas. El cultivo de heroína ha vuelto a florecer, financia la guerra y alimenta la red de funcionarios que giran sus beneficios al exterior. La complicidad de la CIA en las guerras locales por el control del tráfico y la participación de los bancos norteamericanos en el lavado de dinero vuelve a cobrar relevancia.

Desde hace nueve años las tropas estadounidenses enfrentan serias dificultades para someter a los talibanes. Han probado infinitos planes, estrategias y jefaturas, sin ningún resultado. Se refugian en las ciudades, despilfarran pertrechos y acrecientan las víctimas civiles [10] .

Más problemática ha sido la extensión de la conflagración a Pakistán, como resultado del cruce generalizado de las fronteras. Un aliado de peso de Estados Unidos ha quedado involucrado en grandes enfrentamientos y soporta el éxodo de 2,5 millones de refugiados. En esta zona el imperialismo juega con fuego. Los militarizados gobiernos pakistaníes han seguido en las últimas décadas todas las órdenes dictadas por Washington. Pero el sostén de estos generales entraña peligros inconmensurables.

El país cuenta con armas nucleares y entrenó a los talibanes que terminaron en la trinchera opuesta. La CIA creó junto a sus socios pakistaníes ese ejército de fanáticos religiosos, que primero atacó al gobierno progresista de Afganistán (que sostenía la URSS) y luego se convirtió en el enemigo número uno del Departamento de Estado. Nadie sabe qué grado de intensidad mantienen las relaciones entre esos talibanes y sus viejos adiestradores pakistaníes.

Al desarrollar una guerra desde este país, el imperialismo refuerza su compromiso con un gobierno corrupto, que no socorre a las víctimas de las inundaciones para garantizar la continuidad de los bombardeos de la fuerza aérea. La animosidad de la población hacia Estados Unidos aumenta, al compás de los delitos que cometen los marines.

El ingreso de Pakistán en el escenario de la guerra implica, además, recrear las tensiones con la India, que ha sido su principal adversario militar en las últimas décadas. Ambos países multiplican las maniobras y desplazan tropas hacia la frontera más caliente de la zona.

El gobierno de India considera que su rival apaña a grupos comprometidos en atentados de gran porte (como Bombay en el 2008). Hay sectores que propugnan abiertamente la guerra para asegurar la ocupación de Cachemira y retomar el conflicto limítrofe.

Estados Unidos maniobra entre sus dos aliados, conociendo la enorme dimensión de los arsenales nucleares que acumulan ambos contendientes. Ensaya un juego a dos puntas para actuar como árbitro, recurriendo a la misma duplicidad que utiliza frente a Israel y Turquía (en el caso de Palestina) o ante Grecia y Turquía (en el conflicto del Mediterráneo).

Pero la India se perfila como el principal asociado, no solo por la envergadura de la sub-potencia regional. El giro pro-norteamericano de los grupos dirigentes induce a colocar al país en la primera fila, de la contención de China.

Este ajedrez solo puede funcionar si predomina un nivel de estabilidad, que el Pentágono erosiona al extender la guerra. Con esa ampliación se promocionan ejércitos, que posteriormente cobran vuelo propio y terminan chocando con el poder imperial. Estas secuencias siguieron los talibanes y Sadam Hussein. El gran peón que utilizaron los norteamericanos para acosar a Irán fue presentado posteriormente por los medios como un enemigo acérrimo de Occidente. Este tipo de conversiones se avizora también en otros países (como Yemen) [11] .

  La extensión regional de la guerra apunta a reforzar una dinámica de cerco, presión y negociación sobre Irán. Estados Unidos propició a través de Irak un devastador desangre de ocho años, que causó un millón de muertos y no logró destruir al régimen iraní. Esta matanza aniquiló la economía de ambos países, sin quebrar al gobierno de los Ayatholás. Al contrario, estabilizó la primacía de una teocracia frente a la hostilidad externa y ante el terrible escenario, que posteriormente impusieron las tropas norteamericanas en Irak.

Irán ha sido hasta ahora uno de los principales ganadores de la aventura de Bush. Aumentó su influencia directa en Bagdad, a través de los distintos clanes chiitas y conquistó un poder de veto sobre las principales decisiones que adoptan los frágiles gobernantes del país. Frente a este desastre, Estados Unidos oscila entre la amenaza y la negociación con el régimen persa.

Por un lado, exhibe el garrote para forzar el abandono del programa nuclear iraní por medio de eventuales bombardeos, actos terroristas o conspiraciones. Pero al mismo tiempo, el Pentágono necesita a Irán para estabilizar Irak y contener la degradación de Afganistán. Aunque privilegia la sociedad con Arabia Saudita y Egipto, puede requerir también el auxilio de su adversario iraní.

Las elites que gobiernan en Teherán están abiertas a ambas alternativas. Buscan mantener su dominación interna, frente al creciente descontento que genera su política totalitaria . La negociación con el enemigo norteamericano podría brindarles el oxigeno que necesitan para preservar su control del estado [12] .

El rompecabezas general de la región más ensangrentada del planeta continúa sin solución a la vista. Obama intentó disminuir el odio popular hacia Estados Unidos, pero autorizó masacres que incrementan esa hostilidad. Busca recrear una acción imperial colectiva, pero sus incursiones potencian la desconfianza de los aliados.


PALESTINA Y EL NUEVO ESCENARIO

Toda la política imperialista en Medio Oriente se basa en el sostén de Israel, que no es sólo un aliado o socio de Estados Unidos. Ese estado constituye una prolongación directa de la primera potencia en la región. Los colonos que arrebataron Palestina comenzaron a ejercer este rol semi-imperial, cuando se convirtieron en un aparato militar victorioso, con capacidad de acción sobre toda la región.

Los ocupantes sionistas vetaron primero el retorno a su tierra de los pobladores originarios, que escaparon de la guerra perpetrada en 1947-49. Ese despojo fue posible por el clima de reparación internacional hacia los judíos que sucedió al holocausto. Pero la confiscación por éxodo forzado de la población no pudo repetirse en 1967, cuando los habitantes aprendieron la lección de los refugiados y se quedaron en sus hogares. Esa permanencia determinó el comienzo de una resistencia, que Israel ha respondido con mayor anexionismo.

La lógica de genocidio que impone el sionismo tiene poca viabilidad, en una era de descolonización. Ya no es factible repetir el exterminio que sufrieron los amerindios, la esclavización que padecieron los africanos o el destierro que predominaba en la Antigüedad. Frente a esta imposibilidad rige un dispositivo que reemplaza a la población local por inmigrantes seleccionados con criterios étnicos. Esta política imposibilita la coexistencia de las distintas comunidades.

La anexión se implementa con un ropaje de negociaciones de paz que en los papeles promueve la consolidación de dos estados y en los hechos obstruye ese objetivo. El futuro de Jerusalén, los derechos de los refugiados y el fin de los asentamientos quedan fuera de las tratativas, mientras que la implantación de nuevos colonos anula la eventual formación de un estado palestino real.

La expropiación de tierras, el robo del agua, la creación de rutas exclusivas y la erección de muros separando a las ciudades bloquean esa posibilidad. Los Bantustán que el Apartheid diseñó en Sudáfrica han resucitado. Cisjordania ha quedado convertida en una prisión gigantesca, que obliga a los palestinos a elegir entre la emigración y la supervivencia en cantones aislados .

Israel sostiene esta política de ocupación con atroces campañas militares. La masacre de Gaza (2009) incluyó bombardeos a refugios de la ONU, ataques con fósforo blanco y demolición de escuelas, mezquitas y hospitales. Esta masacre fue perpetrada con el pretexto de eliminar cohetes de fabricación casera, que ni siquiera rasguñaron la fortaleza israelí. El ocupante mantiene un cerco sobre un millón y medio de personas en Gaza, que sobreviven entre la basura, la oscuridad y las aguas servidas. Como la anexión de este minúsculo territorio superpoblado se tornó inviable, hubo retiro de colonos y reforzamiento del terror.

Israel repite el libreto de todos los colonialistas. Porta la bandera de la civilización y esgrime derechos de defensa para ocultar su dominación. Pondera su “democracia moderna” y descalifica las costumbres de los pueblos árabes. Pero omite, por ejemplo, que la invasión a Gaza se concretó para desconocer un resultado electoral de Hamas, avalado por todos los observadores internacionales. Las libertades públicas que enaltecen los sionistas, sólo rigen para discutir la mejor forma de vulnerar los derechos en los territorios ocupados. Quiénes exaltan la tolerancia religiosa del estado hebreo suelen olvidar el carácter confesional de esa institución.

También omiten el fundamento bíblico utilizado para justificar ampliaciones territoriales inspiradas en los sagrados límites de Samaria y Judea. El alcance de las restricciones islámicas impuestas por los palestinos constituye un misterio, puesto que las bombas han impedido conocer esas limitaciones.

En la región no impera un conflicto entre “extremistas de los dos bandos”. Con ese criterio de neutralidad habría que equiparar a los marines con los vietnamitas, a los paracaidistas franceses con la resistencia argelina y a los realistas españoles con los criollos americanos. En las situaciones coloniales hay victimarios y víctimas [13] .

El doloroso legado del holocausto es frecuentemente utilizado para acallar la denuncia de un estado opresor. Esta censura se ejerce identificando al judaísmo con el sionismo e Israel y catalogando cualquier crítica como un acto de antisemitismo. Se olvida que esos tres conceptos difieren significativamente.

El judaísmo es una religión, una cultura o una tradición de un pueblo diseminado por muchos países. Israel es un estado construido con la explícita preeminencia de los hebreos, pero actualmente incluye varios grupos desconectados de ese origen. El sionismo es una ideología de apropiación colonial con ropaje milenario.

Es indispensable partir de esa caracterización para distinguir las posturas anti-judías, anti-sionistas y anti-israelíes. La primera actitud es racista, la segunda anticolonialista y la tercera no presenta un significado nítido (al igual que el antinorteamericanismo expresa un genérico rechazo al imperialismo) [14] .

Israel necesita redoblar la apuesta bélica para perpetuar el colonialismo. Cada cese de hostilidades es utilizado para preparar nuevas incursiones, como lo demuestra la secuencia de Beirut (1982), Ramalá (2002) y el Líbano (2006). Estas agresiones han creado en el país una mentalidad de resentimiento, que es utilizado para justificar cualquier atrocidad frente a un mundo hostil. Con esos mensajes se busca sofocar las demandas de las solución pacifica que emergieron durante los años 80.

Este belicismo también socava convicciones de una sociedad que debe escuchar dolorosas comparaciones con el salvajismo de los nazis. En el país se ha institucionalizado la tortura y un despliegue de terrorismo de estado, centrado en asesinatos selectivos de militantes y ataques a flotillas humanitarias de solidaridad con los palestinos.

Pero lo central es registrar que Israel no actúa solo. Opera en función de las prioridades geopolíticas de Estados Unidos, que transfirió al país centenares de bombas atómicas, sin ninguna exigencia de inspección o suscripción de tratados de no proliferación.

El ejército sionista cumple el mandato norteamericano de intimidar a los gobiernos árabes, para que refuercen su colaboración con la opresión que sufren los palestinos. Especialmente la monarquía jordana, los jeques sauditas y las autocracias egipcias han combinado el prudente silencio con la explícita complicidad. Complementan en el plano diplomático la acción armada de Israel. La lucha de los palestinos ha sido durante décadas una pesadilla mayúscula para las clases dominantes árabes. Temen la convergencia de ese combate con las demandas sociales de todos los oprimidos de Medio Oriente.

Cada acción de Israel recalienta el polvorín regional y afectan los equilibrios que su mandante norteamericano ha gestado con los gobiernos árabes pro-occidentales. El imperialismo sostiene a ambas partes mediante un tipo de duplicidades, que se extiende también a Turquía. Este país participa de la OTAN y alberga bases norteamericanas, pero tiene un gobierno islámico y enfrenta serios roces con el estado sionista.

El Departamento de Estado hace malabarismos para apadrinar a todos sus socios, pero privilegia a Israel, a través de un lobby que opera como una fuerza interior del sistema político norteamericano. Este grupo de presión no expresa a la colectividad judía, sino al aparato industrial-militar del establishment. Esta profunda integración diferencia a Israel del Apartheid y torna improbable la repetición del proceso que condujo al desmonte de la estructura racista sudafricana.

Israel tiene garantizada la protección diplomática de Estados Unidos en las Naciones Unidas. También cuenta con la cobertura de los grandes medios de comunicación, que mantienen un doble patrón de cobertura de los fallecimientos. Arden ante cualquier víctima israelí y no se perturban por el asesinato de miles de palestinos. Pero la heroica resistencia de este pueblo ha puesto sus demandas sobre el tapete. No recuperaron sus tierras, ni construyeron su estado, pero ya nadie puede borrarlos del escenario internacional.

Pero en los primeros meses del 2011 toda la política imperial en Medio Oriente ha quedado sacudida por una revuelta democrática generalizada, que conmueve al mundo árabe. Este levantamiento se propaga de país en país, reflejando la similitud de condiciones políticas imperante en toda la región. Todavía es muy prematuro evaluar los resultados de la sublevación, pero ya se registraron triunfos populares en Egipto y Túnez, prosiguen las movilizaciones en Yemen, se extienden los levantamientos a Barheim, Siria, Marruecos o Jordania y ha estallado una seria confrontación armada en Libia.

La OTAN ha comenzado a intervenir con bombardeos selectivos para iniciar un contraataque y dejar establecido un precedente de acciones militares. Como ya es habitual vuelven a utilizar el pretexto de la “intervención humanitaria”, olvidando el desastre apocalíptico de Irak y el infierno que padece Afganistán. Los bombardeos no protegen a la población civil y destruyen la infraestructura del país atacado. Apuntan exclusivamente contra los gobiernos poco confiables y jamás afectan a los monarcas y tiranos subordinados a Occidente. Esta duplicidad alcanza proporciones escandalosas en Medio Oriente. Los ataques virulentos contra los adversarios circunstanciales contrastan con el encubrimiento de los crímenes que perpetran socios de las grandes potencias.

La sublevación árabe impone limitaciones a las incursiones imperiales que no existían durante la década pasada. El levantamiento se desenvuelve en una zona geopolítica vital para los intereses norteamericanos, creando una situación muy distinta a la predominante en Europa del Este después de 1989. Además, el nuevo protagonismo de los jóvenes y las mujeres introduce un distanciamiento potencial con el fundamentalismo islámico, reforzado por la centralidad de las banderas democráticas que encabezan todas las protestas. Hay muchos indicios del comienzo de un giro histórico por la irrupción de las masas. Este dato modifica el escenario futuro de Medio Oriente.


LA DOMINACIÓN DE AMÉRICA LATINA

América Latina siempre ocupó un lugar especial en la estructura del imperialismo norteamericano. Fue el primer territorio de expansión yanqui y estuvo considerado por el establishment del norte como una posesión innegociable. La doctrina Monroe apuntó primero a limitar la presencia europea y buscó posteriormente asegurar la primacía estadounidense. La denominación “Patio Trasero” ilustra esta estrategia de sujeción [15] .

Esta orientación no ha cambiado con el fin de la era Bush. Obama sólo i ntrodujo una diplomacia de buenos modales, para contrarrestar el desprestigio de su antecesor. Al comienzo de su mandato sugirió algún retiro de presos de Guantánamo, pero sin devolver el enclave a Cuba. Planteó aliviar las restricciones para viajar a la isla, pero sin levantar el embargo  y buscó ciertos acercamientos diplomáticos en el ámbito de la OEA. Pero al poco tiempo retomó la tradicional combinación de la zanahoria con el garrote.

Obama recrea la acción diplomática (en la tradición de Clinton), pero no desecha la brutalidad. La búsqueda de consensos con la derecha podría incluso endurecer su política hacia la región. A mitad del 2011, la captura republicana de varios cargos estratégicos en las comisiones parlamentarias de política exterior, podría forzar ese giro.

La orientación imperial hacia Latinoamérica siempre jerarquizó la presión militar. Bajo el mandato de Obama los gastos bélicos destinados a la zona alcanzaron el nivel más alto de la década y han llegado al 47% de la “ayuda” total [16] .

  El dispositivo bélico se asienta en la reactivación de la IV Flota, que maneja el Comando Sur de Miami desde el abandono del Canal de Panamá. Ese centro reúne más personal civil dedicado a la región, que todos los departamentos diplomáticos y comerciales de Washington. Monitorea una vasta red de instalaciones, que aseguran cobertura aérea y marítima para cualquier incursión eventual de los marines.

La nueva flota puede navegar ríos interiores, con un equipamiento equivalente a los barcos que operan en el Golfo Pérsico y el Mediterráneo. Actúa como complemento marítimo del control aéreo y territorial que Estados Unidos detenta de toda la zona y guía los ejercicios que despliega la armada por todas las costas [17] .

El segundo pilar de este arsenal son las nuevas bases de Colombia. Supervisan el rearme de los ejércitos títeres de la región y recrean operaciones secretas, con las técnicas desarrolladas durante la guerra fría. Muchas acciones que se practican en Afganistán son previamente ensayadas en Colombia. El Pentágono ejerce un mando directo sobre una zona del país, mediante el control de los aeropuertos y del espacio radioeléctrico. También goza de plena inmunidad para la acción de tropas, que no deben rendir cuentas ante los tribunales colombianos.

Algunos analistas relativizan el peligro creado por estas bases, estimando que Estados Unidos jerarquiza la atención de otros frentes. Estiman que la burguesía del país está demasiado ocupada en manejar sus negocios o en controlar la actividad de un ejército local profesionalizado.

Pero esta tranquilizadora mirada desconoce la continuada gravitación que mantiene América Latina para el imperialismo norteamericano. También olvida el terrible prontuario de salvajismos que acumulan los discípulos colombianos del Pentágono. Este país continúa liderando todos los récords regionales de t errorismo de estado. En los últimos 15 años se registraron 20.000 desapariciones y desde mitad de los años 80 los paramilitares asesinaron a 30.470 personas. Sólo en el 2010 ultimaron a 40 sindicalistas e incluso consumaron masacres con la única finalidad de obtener las recompensas que ofrece el gobierno. Ya existen 4,5 millones de desplazados por la acción de bandas para-oficiales, que han cobrado sus servicios con la apropiación de 6 millones de hectáreas [18] .


MILITARIZACIÓN Y NARCOTRÁFICO

En Colombia se descubren permanentemente fosas comunes de cuerpos descuartizados. Los gobiernos despliegan un discurso dual. Por un lado declaran victorias contra el terrorismo y el narcotráfico y por otra parte convocan a los marines, para impedir el incontenible avance de esos flagelos. Los cambios de presidente sólo han modificado la forma de gestionar el terror.

Otra función inmediata de las bases norteamericanas es hostigar a los gobiernos antiimperialistas (Venezuela y Bolivia) y amenazar a las administraciones poco confiables (Guatemala, Paraguay, Nicaragua). Desde Colombia opera u na red de organismos de la CIA, que financia las acciones contra gobiernos, movimientos y personalidades antiimperialistas y refuerza las conspiraciones contra Cuba. Las pistas aéreas construidas en el país brindan, además, cobertura de largo alcance para ejercer un control total sobre el Amazonas.

Colombia ha sido el epicentro de todas las provocaciones imperialistas de los últimos años. Desde allí se montó la escalada bélica contra Ecuador y ya se lanzaron incontables agresiones contra Venezuela. Los gobiernos derechistas han quedado al frente de un colosal dispositivo militar, que los empuja a coquetear con guerras informales y eventualmente explícitas.

Estados Unidos militariza la región con el pretexto de enfrentar al narcotráfico. Pero al cabo de tantas patrañas, este argumento ha perdido credibilidad. Fue enarbolado por Reagan (1986), utilizado para invadir Panamá (1989) y resucitado para introducir el Plan Colombia (2000). A esta altura, es evidente que la intervención de los gendarmes sólo conduce a periódicas mudanzas de plantaciones y centros de distribución de un país a otro.

Este reciclado obedece a la persistente demanda de drogas por parte de los compradores del Norte, especialmente en las localidades que no despenalizan el consumo. Pero el narcotráfico también persiste por los multimillonarios ingresos que genera esa actividad para una vasta red de intermediarios estadounidenses.

Las monumentales ganancias que genera el tráfico han alumbrado también enriquecidas narco-burguesías locales, que ya imponen sus propias formas de administración territorial. Un sector de origen marginal adiestra su ejército de pandillas y actúa con sostén de amplios segmentos de la burocracia y las fuerzas armadas.

En varios países las clases dominantes coexisten con esta variedad de lumpen-burguesías, que recurren al terror contra las protestas populares y utilizan la filantropía para blanquear el dinero sucio. El crecimiento desmedido de este grupo rompe la cohesión del estado, disgrega la vida social y genera todo tipo de tensiones.

México se ha convertido en el país más afectado por este proceso de descomposición político-social. Está corroído por una dinámica “afgana” de penetración de los carteles en la estructura del estado. Este avance genera incontrolables guerras entre bandas, apañadas por los funcionarios que se disputan el control del negocio.

En el último sexenio se produjeron en el país 22 mil muertos, 7009 desaparecidos y 20 mil detenidos. Los asesinatos ya incluyen a personalidades de la cúspide del estado. A diferencia de los años 70 el grueso de las víctimas no son activistas políticos, sino pobladores civiles que han quedado atrapados por el fuego de una guerra mafiosa [19] .

La guerra encubierta ha potenciado, además, una escalada de violencia que utilizan los gobiernos derechistas para hostigar a las comunidades indígenas y perseguir a los trabajadores que resisten los planes de ajuste. Estas ofensivas incluyen fuertes embestidas contra los bastiones del sindicalismo independiente.

En este contexto l a CIA ha sugerido que México podría convertirse en un estado fallido y presiona por el ingreso de un mayor número de marines. Hay 6000 soldados norteamericanos en la frontera, mientras la DEA y el FBI entrenan fuerzas especiales. La presencia norteamericana aumenta, además, en una región acosada por el contrabando de armas y la furiosa represión al ingreso de inmigrantes.

Hasta el momento nadie se atreve a enviar tropas. Esta acción podría tener consecuencias explosivas, ya que existe una trágica historia de intervenciones yanquis en México. El fuerte sentimiento nacionalista que generaron estas incursiones no ha desaparecido de la memoria del país.


INVASIONES Y GOLPISMO

La política imperial hacia América Latina incluye también el clásico expediente de la invasión, con cierta cobertura de ayuda humanitaria. Este recurso fue utilizado en Haití luego de un devastador terremoto, para justificar el masivo ingreso de los marines. Las tropas actuaron bajo la supervisión del Comando Sur y perpetraron una ocupación ensayada durante la catástrofe del Katrina. En lugar de equipos de rescate fueron enviados efectivos, que se dedicaron de inmediato a la ampliación de bases militares y al entrenamiento para el combate en Afganistán.

Las tropas yanquis consumaron una acción fulminante para asegurarse el manejo de los aeropuertos y el control de las provisiones provenientes de otros países. Bloquearon especialmente la ayuda organizada por Cuba y Venezuela y desplegaron un portaaviones para impedir la salida de refugiados hacia Miami. Para justificar las acciones policiales internas, los medios de comunicación exageraron la magnitud del desorden y los saqueos.

Estados Unidos volvió a implementar una ocupación colonial, que no contribuye a la reconstrucción de la economía haitiana. Al contrario, los muertos aumentaron con la represión de las manifestaciones de protesta contra epidemias de cólera, que muchas versiones de la población atribuyen a una contaminación producidas por los soldados ocupantes.

El golpe de estado es otro instrumento clásico de la intervención imperial que ha recobrado fuerza. La asonada de Honduras fue un típico episodio de este tipo y no habría prosperado sin el auspicio de la embajada norteamericana. Los golpistas fueron apadrinados por el Pentágono y las empresas estadounidenses, que controlan la economía del pequeño país. Cortando algunas visas y bloqueando las remesas, el Departamento de Estado habría desecho el alzamiento.

Lo ocurrido en Honduras demostró que el golpismo no es una reliquia del pasado. Constituye un recurso utilizado para frustrar cualquier cambio político objetado por los socios oligárquicos del imperialismo. Las justificaciones expuestas para consumar la asonada fueron totalmente absurdas.

La escuálida clase dominante no le perdonó al mandatario desplazado su tenue ensayo reformista de aumentos salariales, control de las importaciones y ruptura del monopolio petrolero. El afianzamiento de los golpistas dio lugar a una terrible secuencia de asesinatos de periodistas y militantes, mediante escuadrones de la muerte que operan con el amparo oficial y el silencio cómplice de la prensa internacional [20] .

Obama dejó correr el golpe todo el tiempo requerido para asegurar su estabilización. Utilizó un doble discurso de rechazo formal y sostén práctico de los derechistas e hizo lo imposible para obligar al presidente derrocado a legitimar su propia destitución.

En Honduras se reeditó el golpismo que fracasó en Venezuela (2002) y Bolivia (2007). Pero incluyó situaciones más grotescas, como el secuestro de un presidente en piyama y la difusión de un inexistente texto de renuncia. Esta acción demostró que algunos sectores están tanteado la introducción de dictaduras de nuevo tipo en toda la región. El objetivo es imponer situaciones de hecho, una vez superada la adversa reacción diplomática internacional. Todos saben que la viabilidad de las nuevas tiranías depende de la resistencia interior [21] .

Otro episodio de esta escala fue el intento de asonada policial que abortó en Ecuador. Existe una intensa discusión sobre el alcance efectivamente golpista de una acción que incluyó la agresión física al presidente, el levantamiento armado de muchos gendarmes y el cierre de una base aérea. Resulta difícil determinar cuáles fueron los propósitos de una conspiración tan improvisada. Pero lo importante no es dirimir en qué medida ese golpe se atuvo o no a los parámetros clásicos. Hay que registrar cómo se inscribe una política estadounidense de alinear bajo su mando al mayor número de países de la región .

La política imperial ha envalentonado a muchos derechistas latinoamericanos. En los países históricamente manejados por dictaduras vandálicas, estos sectores propician e l retorno del viejo padrinazgo neo-colonial. Suelen reaccionar en forma brutal ante cualquier alteración del status quo.

Paraguay es otro ejemplo de este acoso. Un presidente que gobierna con equipos neoliberales y mantiene ejercicios militares con el Pentágono, enfureció al establishment con tibias medidas de reformas y ha sido objeto de brutales intimidaciones macartistas. Estas presiones lo empujaron a decretar el estado de excepción y a otorgar a los militares la dirección de las operaciones policiales.

En otros países el militarismo yanqui alienta a los gobernantes neoliberales a reforzar la represión. Es el caso de Perú, dónde el mandato de Alan García ha estado signado por la represión contra protestas sociales, que dejaron 70 muertos, 600 heridos y 1300 dirigentes gremiales enjuiciados. Luego de otorgar plena cobertura a las tropas norteamericanas para operar en distintos puntos del territorio, el presidente derechista consumó una brutal agresión contra las comunidades indígenas que resisten la privatización de los bosques.


CONTRAOFENSIVA EN VARIOS FRENTES

Mediante el uso imperial de la fuerza Estados Unidos busca encarrilar una contraofensiva, para recuperar preeminencia económica, revertir el ciclo de rebeliones populares y limitar la autonomía política de varios gobiernos sudamericanos. Intenta asegurar su provisión de recursos naturales y aumentar la colocación de exportaciones en la región . El gigante del Norte necesita los mercados de su patio trasero para acompañar la devaluación del dólar, con significativos incrementos de las ventas externas.

Desde el fracaso del ALCA Estados Unidos apuesta a reforzar su presencia, mediante la suscripción de tratados bilaterales. Estos convenios garantizan una relación privilegiada de la primera potencia, con todos los países que abren su economía a las importaciones del Norte [22] .

Estados Unidos intenta especialmente reconquistar el terreno perdido a manos del capital europeo, que sin desafiar la preeminencia militar (o el liderazgo político yanqui), aumentó sus negocios en la zona . Las empresas del Viejo Continente desplazaron incluso a las compañías norteamericanas en el monto de las inversiones externas y la Unión Europea suscribió tratados de libre comercio inspirados en el ALCA.

Las riquezas naturales constituyen un campo internacional de disputa, que el gigante del Norte no quiere compartir con sus rivales . La crisis financiera reciente ha sido vista incluso como una oportunidad para revertir esa influencia, reduciendo el papel de las firmas españolas que durante la oleada de privatizaciones, capturaron servicios, bancos y yacimientos

Estados Unidos pretende también frenar la llegada de China a una zona muy alejada del radio de acción oriental. Como esa presencia representa un desafío muy serio para la hegemonía del Norte, el Departamento de Estado impulsa la ratificación de nuevos tratados comerciales, especialmente con sus socios de la costa del Pacífico. Esta estrategia de recomposición estadounidense es aceptada por México, Colombia, Perú, Chile y varios países pequeños de Centroamérica.

La contraofensiva imperial tiene un nítido componente militar. El Pentágono observa con recelo la visita de la marina rusa a Cuba y los viajes de funcionarios iraníes a Venezuela. Estas misiones son percibidas por el establishment norteamericano, como invasiones a un territorio que consideran propio.

El propósito estadounidense es retomar el control pleno de Centroamérica, afianzando la dependencia de los pequeños países. Estas naciones tienen un alto porcentual de su población en el Norte y han creado un importante circuito de sostenimiento familiar a través de las remesas. La misma prioridad tiene México, no sólo por la extensa frontera común sino también por el alto grado de integración de la economía azteca al capitalismo estadounidense.

Una meta más ambiciosa del imperialismo yanqui es contrarrestar el escenario político adverso, que se ha creado en los últimos años en Sudamérica. Como resultado de grandes conmociones políticas y sociales, gran parte de los gobiernos han tomado distancia de su vieja subordinación al Norte. Algunas administraciones son abiertamente antiimperialistas y han forjado un eje crítico en torno al ALBA. Otros gobiernos de centroizquierda del MERCORSUR simplemente han abierto negocios multilaterales con distintos países, profundizando la autonomía de los dictados norteamericanos.

La primera potencia utiliza la presión político-militar para acotar ese margen de independencia. La estrategia de Obama repite el multilaterialismo liberal, que utilizaron sus antecesores Roosevelt y Carter. En ambos casos reorganizaron la supremacía estadounidense sobre América Latina en circunstancias críticas (depresión del 30 y derrota de Vietnam). El intervencionismo solapado es la forma de recrear ese liderazgo hegemónico [23] .

Este escenario refuta todas las expectativas en un aflojamiento de las presiones del Norte. No existe hasta ahora ningún indicio de ese desahogo y tampoco de la publicitada tesis de la indiferencia yanqui hacia América Latina. La región persiste como plataforma central del imperialismo.


LOS CAMBIOS EN ÁFRICA

El continente negro es el tercer escenario de gran intervención imperial. A diferencia de Medio Oriente y América Latina, esta región constituyó durante mucho tiempo un área de dominación de las potencias europeas. Pero en las últimas dos décadas, África no sólo perdió su condición de colonia del Viejo Continente. Tampoco perdura como un área sometida al control de sus antiguos mandantes.

Durante el proceso de descolonización, Portugal, España y Bélgica resignaron por completo su preeminencia en ciertas regiones. Pero la gravitación de Francia y Gran Bretaña también decreció, a pesar de la enorme incidencia económica, política y cultural de estas dos viejas potencias sobre sus ex territorios.

Este retroceso continuó posteriormente y fue paralelo a la crisis descomunal que padeció el continente más empobrecido del planeta. El neoliberalismo generó un desmoronamiento agrícola y productivo brutal en todos los países africanos, que incluyó picos de hambruna y formas extremas de desintegración social. En este escenario de tragedia popular se perpetró el cambio de posiciones a favor de nuevos capitalistas.

Las compañías que tradicionalmente actuaron bajo el padrinazgo británico y francés, ya no cuentan con el mismo sostén militar. Primero se redujo el número de efectivos y desde 1998 los antiguos rivales comenzaron a operar más concertadamente, bajo el paraguas militar de la OTAN. Aunque siguen liderando la venta de armamentos a sus viejos clientes coloniales, Gran Bretaña recortó la estructura del antiguo Commonwealth y Francia comenzó el abandono de sus bases, en los lugares emblemáticos del antiguo imperio (como Senegal).

Este vacío ha sido ocupado de manera creciente por las tropas norteamericanas, que mantienen convenios de acción conjunta con 22 países. El Pentágono manejaba a mitad del siglo XX cierta presencia militar, pero habitualmente actuaba a través de sus aliados en la guerra fría.

En los últimos años sustituyó esa acción lateral por intervenciones más abiertas. En el 2007 formó el comando AFRICOM, que todavía no consiguió una sede local en el continente, pero ya realiza todo tipo de operaciones. La incursión en Somalia (1992-93) constituyó un ensayo general de invasiones norteamericanas al corazón de África.

El objetivo de estas agresiones es favorecer la presencia de las compañías norteamericanas en el saqueo de los recursos naturales. Existe una indudable correlación entre ambos procesos. Los marines brindan sostén a todas las firmas, que actúan en un entorno particularmente inseguro. La presencia de tropas es la principal garantía que tienen estas empresas para manejar sus inversiones de gas, petróleo y minerales. Las corporaciones norteamericanas están particularmente interesadas en los nuevos pozos petrolíferos que se han descubierto en el continente. Este rubro ya aporta el 92% de las importaciones africanas a Estados Unidos (2008).

Toda la región de África Sub-sahariana se ha convertido, nuevamente, en un escenario de disputas por el control de las materias primas. En este plano se repite una secuencia secular de trágicas competencias entre compañías extranjeras por la depredación de las riquezas naturales. Muchos países del continente han conmemorado el cincuenta aniversario de su independencia, afrontando este duro contexto. Los intentos de reconversión agrícola y modernización industrial han fallado sucesivamente, recreando la vieja inserción de la zona como exportadora de materias primas.

África es la región comercial más abierta de todo el planeta, puesto que desenvuelve internamente sólo el 15% de sus intercambios. La apertura internacional presenta todos los rasgos de un sometimiento primarizado. El ajuste neoliberal (1980-2000) acentuó este perfil, al introducir formas de recolonización que redujeron el margen de autonomía conquistado por movimientos nacionalistas durante la descolonización.

Muchas zonas del continente son escenario de guerras clásicas de rapiña. La tragedia más conocida es el genocidio que desgarró a los tutsi y hutus. Pero esta situación se repite en incontables localidades. En el Congo se libraron, por ejemplo, dos conflagraciones (1996-97 y 1998), que dejaron tres millones de muertos, un millón de desplazados y a toda la población sin agua, ni electricidad. Los grupos armados se disputan actualmente el botín, privilegiando la captura de importantes minerales para la fabricación de los celulares.

En estas masacres intervienen numerosas estructuras de mercenarios y ejércitos privados. Cada milicia africana opera al servicio de algún proveedor. Pero a escala continental, Estados Unidos hace valer el liderazgo de la OTAN para a subordinar a sus viejos competidores europeos.

Los problemas que afronta la primera potencia despuntan por otro flanco. China comenzó hace pocos años un desembarco en África, que está alcanzando enormes proporciones. Su comercio con ese continente se multiplicó por diez, en tan sólo una década y ya alcanzó el status de tercer socio comercial de la región.

A diferencia de las viejas potencias europeas, China otorga créditos y realiza inversiones sin pasar por los organismos financieros. Busca el mismo aprovisionamiento de petróleo y minerales que sus competidores, pero evita el endeudamiento excesivo de sus clientes y asegura una mayor contrapartida de construcciones e infraestructura, a cambio de las materias primas.

Los enormes cuestionamientos que ha desatado esta penetración combinan objeciones genuinas (a un nuevo intento colonizador), con críticas hipócritas de las potencias occidentales (que han sido desplazadas de negocios muy lucrativos). En la disputa por los mismos recursos también se verifica la novedosa expansión de Sudáfrica, que aumenta sus inversiones en el continente a una tasa superior al resto de los países.

Al cabo de varias décadas de independencia se ha formado también una burguesía africana con recursos propios. Este segmento negocia con más fuerza su participación en el negocio de los bienes explotados y aprovecha las ambiciones de todas las potencias extranjeras, para lograr un aumento de la tajada en juego [24] .

  Pero estas pujas formas parte de las nuevas tensiones que sacuden a una región que se ha transformado en escenario de disputas por el control de las materias primas. África comparte con América Latina y Medio Oriente el dramático privilegio de constituir una zona estratégica para las grandes potencias. En estas tres áreas se consuman las agresiones y despojos más virulentos del imperialismo contemporáneo. El significado de este proceso motiva intensa discusión teórica.


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RESUMEN

Las agresiones de la última década han privilegiado las zonas tradicionales. Los ataques en Medio Oriente se explican por las reservas petroleras y la ubicación geopolítica. Pero en Irak influyó también el mensaje general de dominación, junto a imposiciones del lobby sionista y presiones neoconservadoras. Luego de un gran desangre, el resultado del atolladero permanece abierto.

La extensión de la guerra hacia Afganistán y Pakistán agrava la tragedia humanitaria, recompone a Irán, genera tensiones con India y recrea el fantasma de los talibanes. Estados Unidos sostiene a Israel como un apéndice colonial que impide la constitución del estado palestino. Esta opresión es encubierta con una falsa identificación del judaísmo con el sionismo y torna improbable la repetición del curso seguido en Sudáfrica. La resistencia de los palestinos converge ahora con una sublevación generalizada que cambia el escenario regional.

Estado Unidos continúa considerando al grueso de América Latina como su “patio trasero”. Jerarquiza la presión militar a través de la IV flota y nuevas bases de Colombia, que hostigan a los gobiernos antiimperialistas y redoblan las provocaciones contra Cuba.

El imperialismo militariza esa región con el pretexto de enfrentar al narcotráfico, cuando ha utilizado esa actividad para financiar operaciones de la CIA. Pero ya se ha creado una narco-burguesía criminal, que rompe la cohesión de los estados.

La ocupación militar ha reaparecido en Haití y el golpismo clásico que resurgió en Honduras no pudo prosperar en Ecuador, Bolivia y Venezuela. Estados Unidos intenta una contraofensiva en América Latina para recuperar terreno económico frente a sus rivales, luego del fracaso del ALCA.

La intervención norteamericana en África ha crecido junto al repliegue de las viejas potencias coloniales y ante la creciente presencia comercial de China. Luego de una década de despojos neoliberales, la región se ha transformado en un escenario de disputas por el control de las materias primas. Pero también actúa una nueva burguesía africana que custodia sus propios intereses.



[1] Este artículo forma parte de un libro sobre el imperialismo contemporáneo de próxima aparición.

[2] Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es www.lahaine.org/katz

[3] Informe de OXFAM Internacional, Página 12, Buenos Aires, 19-8-2007 y 29-7-10.

[4] Ver: Achcar Gilbert. “L´imperialism US dans les braises orientales”. Inprecor 495-496, juillet-aout 2004.

[5] Ver: Harvey David. The New Imperialism, Oxford University Press, 2003, (cap 1).

[6] Esta visión en: Petras James. “Estado imperial, imperialismo e imperio”. Pensar a contracorriente. Volumen II, segunda edición, 2005.

[7] Ver: Kennedy Paul, “Ningún estado es inmortal”, Clarín, 20-6-07.

[8] Ver: Callinicos Alex, "Imperialism and global political economy," International Socialism , No. 108, 2005.

[9] Ver: Wood Ellen Meiksins, “Logics of Power: A Conversation with David Harvey”, Historical Materialism, vol, 14.4, 2006.

[10] Ver:  Ali Tariq, A lógica mortal da guerra sem fin, 1-11-09  virgili ofreire.blogspot.com/2009  

 

 

 

[11] Ver : Gelman Juan, Página 12, Buenos Aires, 13-5-09, 26-11-09, 6-12-09, 11-4-10, 7-1-10,

 

 

 

[12] Ver: Sepehr Houshang, “Ou va la Republique Isalmique”?, Inprecor 551-552, septembre-octobre 2009.

 

 

[13] Distintas variantes de la justificación sionista en: Deligdisch Ronaldo, “Centro hispanoparlante de estudios sociales y psicosociales en Israel”, 5-1-09, americalatinaunida.wordpress.com/. Movimiento social-sindical Fuerza Latina en Israel, “Ante la nueva situación en Gaza”, 5-1-09.

 

Halevi Yossi Klein, “Ahora soy plenamente israelí”, Clarín, 5-1-09, americalatinaunida.wordpress.com/ Sneh Perla, “Al este de las palabras”, Página 12, 10-1-09.

 

 

[14] Desarrollamos esta caracterización en: Katz Claudio, “Argumentos pela palestina” Revista Outubro, n 15, junio 2007, Sao Paulo. También Katz Claudio, ”Incursiones para sepultar la paz”, 18 Ene 2009, www.rebelion.org/noticia.php

 

 

 

[15] Hemos expuesto este análisis en Katz Claudio, Escenarios de la segunda independencia, Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2011 (próxima aparición).

 

 

[16] Ver: Página 12, 25-5-10, Buenos Aires.

 

 

 

[17] Ver: Dufour Jules. “El regreso de la cuarta flota y el futuro de América Latina”, www.Mondalisation.ca/ , 28-8-08.

 

 

 

[18] Ver Página 12, 27-7-10, Buenos Aires .

 

[19] Ver: Cockcroft James, “ México: Imperialismo, Estados fallidos, nuevas guerras y resistencia” , Memoria 245, agosto 2010, México.

 

 

 

[20] Ver: Gelman Juan, “USA-Honduras”, Página 12, 30-7-09.

 

 

 

[21] Aspectos de la nueva estrategia en O´Donnnell Santiago, “Dictadura posbananera” Página 12, 2-8-09.

 

 

 

[22] Un balance general de estos tratados presenta: Martínez Osvaldo. “Por la integración de los pueblos”, ponencia al Encuentro Hemisférico de lucha contra los TLC, La Habana, 3 de mayo de 2007.

 

[23] Distintos aspectos de esta estrategia indagan Rozoff Rick, “Estados Unidos intensifica los planos de guerra” y Grandin Greg, “¿Cómo será la doctrina Obama?”, en Memoria 238, octubre-noviembre 2009, México .

 

[24] Un detallado análisis en: Nanga Jean, “Aprés cinquante ans d´independance”, Inprecor 562-563, juin-juillet 2010.

 

 

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.







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Rebelion. Pekín y Moscú después de la cumbre en Kazajstán















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25-06-2011






China y Rusia luchan por influencia en Asia Central, pero están de acuerdo en otros temas geopolíticos

Pekín y Moscú después de la cumbre en Kazajstán




Al Jazeera



Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens




¿Qué pasó en realidad en la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO, por sus siglas en inglés), la semana pasada en Kazajstán?

En comparación con las grandes expectativas, fue un asunto bastante moderado; más un mapa de ruta que un cambio radical. A pesar de ello China, Rusia y cuatro “estanes” centroasiáticos –Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán– fueron más allá de un predecible menú de cooperación en la seguridad y la economía.

Después de todo, el anfitrión de la cumbre y presidente del “leopardo de la nieve” Kazajstán, Nursultan Nazarbayev, detalló que la SCO seguirá combatiendo el terrorismo y la criminalidad cíber-narco, mientras trata de resolver el delicado tema de la distribución del agua en Asia Central, un capítulo clave de las próximas guerras globales por el agua.

Pero también anunció que la SCO está a favor de una nueva moneda global. Y la cosa se pone jugosa: un nuevo memorando declaró que la SCO comienza consultas con India, Pakistán e Irán –que han solicitado la condición de miembros de pleno derecho-.

Sin embargo, no significa que sea un trato hecho. Irán quiere ser miembro desde 2008. Pero no ha sido aceptado porque se encuentra bajo sanciones de las Naciones Unidas por la presión de Occidente.

Pakistán, por otra parte, arde por ser incluido, a través de un efusivo elogio de la SCO lanzado por el presidente Asif Ali Zardari. Una bienvenida de la SCO ciertamente es mucho mejor que un invasor en "droneadicto" Washington.

Sin embargo, Pekín tendrá que tener mucho cuidado al equilibrar la admisión tanto de India como de Pakistán. Según Wu Hongwei, de la Academia China de Ciencias Sociales: “Si se sumaran a la SCO, es probable que introduzcan sus disputas sin resolver a la organización”.

Afganistán, por su parte, ha solicitado el estatuto de observador. Se le otorgará fácilmente. Y entonces el juego se hará aún más atractivo.

Haced beneficios, no la guerra

Rastrear las reacciones en los medios chinos y rusos ha sido fascinante. Para muchas mentes críticas en Moscú, inquietas porque Rusia parece incapaz de diversificar su economía, la SCO es ahora fundamentalmente china.

Tienen razón. Aunque el comercio bilateral prospera, para la dirigencia colectiva en Pekín Moscú se ve como poco más que un gigantesco proveedor de energía y materias primas para el dragón; Moscú, por su parte, quiere/necesita urgentemente inversión china de alta tecnología en su desbaratado sector industrial.

Rusia y China tienen un programa estratégico bilateral hasta 2018. Involucra básicamente el desarrollo/producción de petróleo, gas y minerales en Rusia –Siberia y el Lejano Oriente– y su procesamiento en China.

El nombre clave de este juego de ductistán es el inmenso oleoducto Siberia Oriental-Océano Pacífico (ESPO) y su ramal de Skovorodino en Rusia a Mohe en China, más dos gasoductos.

Lo que oscurece el ductistán es el tema muy delicado de quién será el factor económico más importante en Asia Central. No hace falta ser meteorólogo para ver la dirección en la que soplan esos vientos en la estepa. ¿Cómo encontrar un equilibrio entre el juego estratégico de Rusia en Asia Central y la voracidad económica de China?

Por ejemplo, la SCO quiere crear un banco de desarrollo. Moscú quiere vincularlo al Banco Eurasiático de Desarrollo –cuyos principales socios son Rusia y Kazajstán-. Pekín quiere un mecanismo totalmente nuevo.

Sin embargo en el ámbito geopolítico la historia es muy diferente.

Los medios controlados por Pekín se mostraron extáticos cuando China y Rusia profundizaron su cooperación estratégica solo un día después de la cumbre de la SCO, con una declaración conjunta del presidente de China, Hu Jintao, y de Dmitry Medvedev de Rusia.

En lugar de bombardeos de la OTAN, Rusia y China están a favor de “no interferencia” y de “menos acción militar” en Corea y especialmente en MENA (siglas en inglés para Medio Oriente/Norte de África).

En lugar de que Washington se entrometa en problemas entre China y algunos países del sudeste asiático, Rusia y China están a favor de su “cooperación estratégica” como “factor clave en la paz y la estabilidad en la región de Asia-Pacífico”.

En lugar de los planes de defensa de misiles de Washington para Europa Oriental, Rusia y China prefieren “soluciones políticas y diplomáticas”.

En lugar de satanización, Rusia y China subrayan que Irán tiene derecho a desarrollar un programa nuclear civil.

Y sobra decir que aparte de oponerse al bombardeo de Libia por la OTAN, Rusia y China están contra toda posible resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Siria.

Por cierto es un eufemismo decir que nada de esto será del agrado de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, por no mencionar al Pentágono de la “Dominación de Espectro Completo”. El broche de oro fue otra declaración de Hu y Medvedev: China y Rusia aumentarán su cooperación militar.

Otra grieta en el muro

Y luego está el “Rosebud” en esta cinta de “Ciudadano Eurasia”, el interminable cenagal en las encrucijadas afganas. Washington está empeñado en una gran ofensiva de relaciones públicas en el intento de convencer a la opinión pública mundial de que como la OTAN está “ganando”, las conversaciones con los talibanes son pertinentes.

¿Qué vendrá ahora? ¿El mullah Omar como invitado en una cena de Estado con arroz Kabuli en la Casa Blanca?

La realidad es algo más compleja. El astuto presidente afgano Hamid Karzai estuvo en la cumbre de la SCO, cabildeando por el estatuto de observador de su país. Sabe que ninguna solución realista vendrá de Washington. Tendrá que involucrar a la SCO.

En realidad, el “leopardo de la nieve” kazajo Nazarbayev delató de qué se trata, cuando dijo: “Es posible que la SCO asuma responsabilidad por muchos temas en Afganistán después de la retirada de las fuerzas de la coalición en 2014”.

La primera parte del comentario es correcta; no la segunda, porque es simplemente impensable que el Pentágono abandone Afganistán, según la doctrina de la Dominación de Espectro Completo.

No obstante, preguntad a cualquiera en todo el arco desde Asia Central al Sur de Asia: nadie quiere bases militares permanentes de EE.UU. en Afganistán. Aparte de la opinión pública, sucede que esto también significa todos los miembros de la SCO -más los observadores-.

Nunca se encontrará una mención al respecto en una declaración de la SCO, por supuesto; pero Pekín y Moscú están convencidos de que Washington desplegará la defensa de misiles dentro de Afganistán si se sale con la suya en el Hindu Kush, apuntada, claro está contra Rusia y China.

De modo que apriétense los cinturones de seguridad, China y Rusia se acercarán cada vez más en toda Eurasia –no importa lo que digan las relaciones públicas sobre un “reinicio” entre EE.UU. y Rusia-.

Es el mensaje “invisible” aprobado por la SCO para el futuro inmediato: parafraseando a Pink Floyd, no necesitamos intervención, no necesitamos control del pensamiento. Es el camino por el que Rusia y China planifican su larga marcha para romper el muro del Pentágono y la OTAN.

Pepe Escobar es autor de “Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War” (Nimble Books, 2007) y “Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge”. Su último libro es “Obama does Globalistan” (Nimble Books, 2009). Puede contactarse con él en: pepeasia@yahoo.com

Fuente: http://english.aljazeera.net/indepth/opinion/2011/06/2011620115216348413.html

rCR







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