viernes, 25 de marzo de 2011

John Brawn, sobre Libia.







Rebelion. Un laberinto de espejos












La izquierda y Libia

Un laberinto de espejos




Iohannes Maurus






"Yo que sentí el horror de los espejos" Jorge Luis Borges (Los espejos)

E
n la propia denominación de la izquierda está la maldición que arrastra. Nomen omen, decían los romanos para indicar que el nombre es el destino de cada uno, que no no es posible salir de la trama lingüística que nos determina a partir del momento mismo de nuestra primera nominación. La izquierda no es así una posición absoluta, sino uno de los términos del binomio "derecha-izquierda". Ambos términos se definen como lo que el otro no es. La derecha es lo que no es la izquierda, y viceversa. En cuanto a los contenidos de los términos de esa oposición, más de un pensador de buena voluntad como Norberto Bobbio se ha exprimido los sesos para determinarlos. El problema es que los contenidos son siempre resbaladizos y que en toda relación especular vale la sentencia de Rimbaud: "Je est un autre" (Yo es otro). Lo más parecido al otro que sólo se determina por no ser Yo, es un Yo que sólo se determina por no ser el otro. Vacío, falsa universalidad en ambos casos.

La trampa especular en que se debate la izquierda es perfectamente funcional para el capitalismo parlamentario, pues permite disponer a las distintas fuerzas políticas en un orden determinado: unas a la derecha y otras a la izquierda. Sus políticas concretas son indiferentes, pues una se presentará siempre como salvaguardia ante la otra y ambas harán cuanto sea necesario para preservar el capitalismo parlamentario. Así puede la socialdemocracia (la izquierda) aplicar políticas neoliberales extremas y la derecha presentarse como la defensora de los trabajadores. Cambiados los turnos de gobierno, demos por seguro que volverá a ser al revés. Y, sin embargo, el sainete funciona, recordando el viejo chiste atribuido a Churchill: "-¿Qué es el capitalismo? -la explotación del hombre por el hombre. - ¿Y qué es el socialismo? -lo mismo pero al revés." El viejo chiste reaccionario da cuenta del vacío de unas posiciones políticas definidas más por su confrontación especular y espectacular que por sus contenidos efectivos. Entre la derecha y la izquierda se elige, pero no se decide nada. Sin embargo, el acto político no es como el acto comercial una elección, sino una decisión.

Elegir y decidir no son la misma cosa. Se elige lo que se nos ofrece, como los productos del mercado o los candidatos a un cargo. Se decide, en cambio, el acto que se va a realizar: la decisión tiene consecuencias inmediatas sobre quien decide, determina el rumbo de su vida. Por mucho que la moralina de la libre elección política y mercantil del liberalismo haya hecho opaca la distinción, está claro que no es lo mismo elegir entre la derecha y la izquierda en un capitalismo parlamentario, o elegir entre dos marcas de automóviles o detergentes, que decidir salir a la calle a enfrentarse con un poder sanguinario como están haciendo hoy los pueblos árabes o hicieron los españoles en el 36 o los cubanos en el 58. En una elección participo como lo hace el espectador en un espectáculo y esto me garantiza que, haga lo que haga, ello no tendrá consecuencias directas sobre mi vida. Por ello mismo, la televisión, que me da esta misma garantía es un aparato ideológico de Estado central en las democracias de mercado. En una decisión me juego la vida. Sólo un necio puede creer que elige vivir con otra persona o que elige tener un hijo o que "prefiere" su dignidad a la paz de una tiranía: nada de eso se elige sino que, se sepa o no, se decide.

El problema de la izquierda es que, por su propia autodefinición specular respecto a la derecha, confunde necesariamente elección con decisión. Nos propone que la elijamos -al igual que la derecha- pero siempre que con ello no se decida nada. Es la lógica de la representación, sumada a la del espectáculo: en la representación el representante actúa en lugar del representado; en el espectáculo, ni siquiera el representante actúa, sino que es actuado por fuerzas que lo superan. Triste política sin decisión, sin posiciones, sin tesis, sin nada que afirmar ni defender, pues todo está siempre ya determinado por un secreto mecanismo. Teatro de marionetas infantil o teatro de sombras de la caverna platónica. No hay nada que decidir, nada importa la verdad, mientras dure el espectáculo.

La izquierda a escala internacional fue durante 43 años, del final de la Segunda Guerra Mundial a la caída de el muro de Berlín, espectadora de un espectáculo denominado la Guerra Fría o la coexistencia pacífica en el que las dos grandes potencias y sus bloques respectivos jugaban al equilibrio del terror, pero al equilibrio al fin y al cabo. Ofrecían a escala planetaria la misma necia elección que se imponía dentro de cada democracia parlamentaria. Un bando, un bloque... o el otro. Ambos reproducían internamente variantes del capitalismo. De un lado un capitalismo de Estado surgido sobre el cadáver de la revolución rusa liquidada por Stalin, del otro, regímenes capitalistas democráticos militarizados y controlados policialmente. De los dos lados, se mantenían con escrupuloso cuidado las "condiciones de inexistencia del comunismo" (Althusser). Del lado socialista se escenificaba una imitación grotesca del capitalismo con todas sus instituciones, su Estado, su relación salarial, su parlamento, incluso una piojosa sociedad de consumo de Trabants y Ladas. Del lado capitalista, la explotación proseguía con prudencia y se introducían medidas sociales para evitar, no ya una improbable expansión del campo socialista, sino una mala sorpresa como la de 1917. Ambos bloques enterraron bajo una enorme capa de cemento y plomo el riesgo de la revolución comunista. Lenin yacía para siempre en un sarcófago tan espectacular como el de Chernobil. Ya nadie podía decidir hacer la revolución -excepto el Che o algún otro extravagante, pronto asesinado- pues había que elegir entre un bloque o el otro. Aunque, acabada la guerra fría, el espectáculo que cegaba toda perspectiva de revolución perdiera a uno de sus actores y tuviera que ser sostenido por un solo bando, éste actor solitario no tardó en encontrar sustitutos imaginarios: los árabes, los terroristas etc. La izquierda que no se integró con entusiasmo en el bloque vencedor, no podía ya referirse a un bloque propio, pero mantuvo sus reflejos de la guerra fría, igual que se sigue guardando la sensibilidad de un miembro amputado. El imperialismo era la fuente de todo mal y había que buscar en todo lo que ocurría en el vasto universo un designio del Imperio. La teoría de la conspiración se convirtió así en el sustituto de la política para una izquierda debilitada e impotente. Del análisis marxista, más vale no hablar.

Esta misma lógica conspirativa heredera de los dualismos de guerra fría se nos vuelve a presentar a propósito de la revolución libia y, en general de las inesperadas e inclasificables revoluciones árabes. Estas no han sido dirigidas por la izquierda ni, en realidad, por ninguna corriente política definida. Motivo suficiente para que, desde el primer momento, fuesen clasificadas por la izquierda como "falsas revoluciones" manipuladas desde Washington. ¡Cómo si los Estados Unidos y la UE estuvieran mínimamente descontentos de los valiosos servicios prestados por sus sátrapas árabes! Se llegó al colmo de la sospecha con la revolución libia, pues Libia, a pesar de su acendrado historial de colaboración con las potencias capitalistas dominantes, se denominaba "socialista" y su líder afirmaba de boquilla valores antiimperialistas entre orgía y orgía en los palacios de su amigo Berlusconi. No era posible en el marco imaginario que define a la izquierda que surgiera una revolución democrática y tendencialmente antiimperialista en Libia. Cuando, tras mucho esperar y habiendo permitido a Gadafi aniquilar la revuelta en buena parte del país, los países de la OTAN deciden intervenir para que la oposición libia sólo pueda vencer a Gadafi con su ayuda, todos los temores de la izquierda espectacular y especular se ven confirmados. Gadafi se convierte para algunos - los más extremistas en la disciplina espectacular-, en "el Che o el Bolívar del mundo árabe". Como dentro del laberinto de espejos de la izquierda no importa la realidad de la revolución libia ni la del régimen de Gadafi, pues sólo cuentan los presuntos bandos automáticamente adjudicados, el sátrapa de occidente se convierte en dirigente antiimperialista y el pueblo que este sátrapa oprime brutalmente y reprime con medios militares, en agentes de la CIA. Es tiempo de que salgamos de la impotencia e inanidad que genera ese mundo de espejos y abandonemos las elecciones que nos propone la izquierda por una firme decisión en favor de la libertad y del comunismo. De otro modo, tendremos capitalismo y tiranías para rato.

http://iohannesmaurus.blogspot.com/2011/03/la-izquierda-y-libia-un-laberinto-de.html







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jueves, 24 de marzo de 2011

Sobre Libia

Recordando la guerra humanitaria de Sebia

Las Guerras Humanitarias y la Geopolítica.

Fukushima, terremoto energético.







Rebelion. La historia de Japón cambió en Fukushima















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Ecología social






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24-03-2011







La historia de Japón cambió en Fukushima










Fukushima es peor que Hiroshima y Nagasaki –dijo una sobreviviente del terremoto y del tsunami.

–¿Por qué piensa eso? –le preguntaron.

–Porque Hiroshima y Nagasaki son el pasado, pero Fukushima es el futuro.

El 10 de diciembre del año pasado, la delegación japonesa en la cumbre sobre cambio climático en Cancún anunció que Japón no renovaría sus metas cuantitativas para reducir emisiones de gases de efecto invernadero más allá de la expiración de 2012. En otras palabras, Japón no aceptaría una extensión del Protocolo de Kioto.

La conferencia de Cancún constituía un momento clave para decidir sobre el futuro del protocolo de Kioto que expira en 2012. La delegación japonesa remató diciendo que ahora lo importante era el (mal) llamado acuerdo de Copenhague, en el que los compromisos vinculantes son inexistentes. Esta toma de posición del gobierno del Partido Democrático de Japón le hace el juego al complejo de industrias intensivas en energía (siderúrgica, aluminio, vidrio) que son clave en la política de ese país. Las empresas en estas ramas de la industria quieren ganar tiempo para amortizar las inversiones que ya han realizado con tecnologías intensivas en energía.

Por su parte, la industria nuclear nipona soñaba con más subsidios que pudieran alimentar sus planes de expansión y con poder arrinconar una parte del importante mercado nuclear que se desarrolla en Asia, sobre todo en China. Claramente, el desastre en Fukushima ha hecho pedazos estos sueños de expansión.

Quizás lo único que queda claro en este enredo entre la política energética y ambiental de Japón es que si ese país va a avanzar hacia una combinación energética menos agresiva con el medio ambiente, se va a tener que terminar el compadrazgo existente entre el gobierno y las agencias regulatorias, por un lado, y el lobby nuclear y el de las industrias intensivas en energía, por el otro. En Japón, la alianza de la casta política con el shogunato de los grandes grupos corporativos ha dejado ya una larga estela de engaños que nadie puede olvidar. Fukushima es el escenario del último episodio.

Ni el gobierno japonés, ni el operador de la planta (Tokyo Electric Power Company, TEPCO), ni la agencia internacional de energía atómica (AIEA), han podido ofrecer una versión consistente sobre lo ocurrido en Fukushima. La información sobre los seis reactores de Fukushima proporcionada por TEPCO y el Foro Industrial Atómico (JAIF, organización que promueve los intereses de la industria nuclear en Japón) contiene muchas contradicciones y genera más preguntas de las que contesta.

La primera tiene que ver con la versión que corrió inicialmente en la prensa internacional: el terremoto provocó el cierre automático de los reactores en Fukushima, pero el tsunami destruyó o incapacitó los sistemas de enfriamiento de los reactores y eso provocó el sobrecalentamiento y explosiones de hidrógeno.

Pero hay algo que no checa en esta versión. Las fotografías, videos e imágenes de satélites (por ejemplo en la página www.isis-online.org) no contienen la evidencia de los destrozos que provocó el tsunami en la costa al norte de Fukushima. Ni los árboles en los estacionamientos, ni los patios de la planta tienen la huella del tsunami. Los escombros que aparecen se deben a las violentas explosiones de hidrógeno que destruyeron los edificios de los reactores 1 y 3.

Una buena parte de la propaganda del lobby nuclear descansa sobre esta versión de los hechos. Pero la evidencia revela que si hubo un tsunami en Fukushima, tuvo que ser mucho más débil que en Minamisoma o Sendai (distantes unos setenta kilómetros al norte de la planta). Por lo tanto, se abren dos hipótesis inquietantes. Primero, es posible que un tsunami de menor fuerza efectivamente inundó los sistemas de enfriamiento y los depósitos de combustible de los motores diesel (respaldo del sistema principal). Pero eso significa que las plantas eran mucho más frágiles de lo que nos quiere hacer creer el lobby nuclear. En este caso, TEPCO quedaría (otra vez) mal parada por su negligencia. Nada nuevo para TEPCO.

La segunda hipótesis es que el colapso en los sistemas de refrigeración fue provocado por el terremoto. En ambos casos, queda expuesta la falacia del lobby nuclear. Las plantas no son robustas y no funcionaron como se supone que deben hacerlo en caso de un terremoto. Adiós a la otra historieta del lobby nuclear.

Las relaciones de Japón con el mundo de la energía nuclear pueden parecer sorprendentes. Algunos se preguntarán: ¿cómo es que Japón, el único país que ha sido bombardeado con armas nucleares, recurrió a las centrales nucleares como fuente de energía? La respuesta está en la ocupación militar estadounidense (que concluyó oficialmente en 1952) y en sus esfuerzos por mantener el viejo orden conservador nipón con un disfraz de democracia parlamentaria. El tejido de engaños, corrupción y mentiras que envuelve las relaciones de los grandes conglomerados y el gobierno es el resultado de esa extraña mezcla.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/03/23/index.php?section=opinion&article=030a1eco







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Don Pablo González Casanova pide la palabra.







Rebelion. Notas para un manifiesto de la izquierda en el siglo XXI















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Opinión






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24-03-2011







Notas para un manifiesto de la izquierda en el siglo XXI










Un clamor resuena en todo el mundo. Todos queremos libertad, todos soñamos con la democracia. Que nos la den, que la hagamos, que la apoyen y, sobre todo, que luchemos por tenerla.

Pero, ¿con quién vamos a luchar, al lado y al amparo de quién queremos luchar? ¿Con quién contamos y queremos contar?

Obviamente no queremos apoyarnos en quienes entrenan a sus soldados para que al grito de libertad invadan, destrocen y saqueen pueblos enteros, y sin piedad alguna causen daños horripilantes a mujeres, niñas y niños, jóvenes y viejos, con el supuesto de que están luchando contra quienes merecieron su inmenso apoyo en armas, dinero, negocios, publicidad y diplomacia durante años y años.

No queremos apoyarnos en quienes han atacado por todos los medios a su alcance, incluidos los bloqueos, los intentos de magnicidio, las plagas, los golpes de Estado, las invasiones militares y paramilitares, las falsas y crueles guerras contra un narcotráfico que les sirve como gigantesco negocio para lavar el dinero de los criminales en sus bancos y quedarse con la mayor parte; que les sirve para prestar dinero con altos intereses a los gobiernos aliados que son sus clientes en la compra de armas de mediano y alto poder, iguales o inferiores a las que también les venden a los narcotraficantes; que les sirve para mediatizar la ira del pueblo empobrecido por sus políticas privatizadoras y especuladoras y para embarcar a los jóvenes de ésta América en falsas luchas de mafias que les hacen perder –con su identidad y sus vínculos sociales y familiares–, el sentido de la vida y el sentido de la lucha, y con que pierden a su propia juventud, a la joven América que protestara en Chicago contra la guerra en Vietnam y se manifestara a favor de los afro-americanos y de los habitantes y movimientos sociales del Tercer Mundo de los que el Che Guevara fue su icono y que hoy constituyen el principal mercado de narcóticos del mundo, con que se destrozan y los destrozan. No queremos apoyarnos en la lucha por la libertad con el ejército que defendió durante años al Mubarak que el imperialismo también apoyó, ni en los aviones de la OTAN que durante años han estado destruyendo a Irak y Afganistán. No queremos coincidir con quienes han declarado una guerra total contra el pueblo y gobierno de Cuba, con quienes han hecho todo lo posible por dividir y enfrentar al pueblo y gobierno de Venezuela, con quienes apoyaron y apoyan la secesión y desestabilización de la República de Bolivia.

Es más, debemos denunciar el hecho de que las potencias imperialistas encabezadas por Estados Unidos y la OTAN están aplicando la vieja táctica de mediatizar los movimientos emancipadores del pueblo para poner a sus ejércitos serviles como liberadores del pueblo que durante años y años han contribuido a oprimirlos. ¿Podemos olvidar esta vieja trampa que se ha aplicado contra nuestros pueblos desde hace más de un siglo y medio y que hoy está al orden del día en los nuevos golpes legales de estado, y en las nuevas luchas por la libertad y la democracia de un imperialismo que cada vez más oprime y despoja a nuestros pueblos y que sólo apoya a los gobiernos que le hacen crecientes concesiones a sus empresas extractivas y depredadoras?

Aclaremos de una vez por todas que nosotros queremos una libertad y una democracia de las que el imperialismo es su principal enemigo aunque quiera nuevamente jugar con los equívocos para decir que lucha por lo mismo que nosotros ¡Mentira! Nosotros queremos una democracia en que el pueblo gobierne y en que los gobernantes le sirvan al pueblo, gobiernen con el pueblo y se reintegren al pueblo cuando termine su mandato. Nosotros queremos una democracia en que se creen espacios de diálogo, debate y consenso a lo largo y lo ancho de toda la nación, con respeto a las distintas religiones, ideologías, culturas, razas, sexos, edades. Nosotros queremos una libertad de pensar, de estudiar, de decidir, en la que deje de estar sujeta al hambre y la miseria la inmensa mayoría de la población humana en beneficio de 200 multimillonarios que juntos tienen el ingreso nacional de Alemania y por separado el de muchos países del sur del mundo. ¿Es esa la democracia que ellos quieren? ¿Es esa la libertad que dicen defender? Por supuesto que no… Pero hay algo más que ellos no quieren, la justicia. Nosotros queremos la justicia a la persona humana; pero miremos donde están los mentados derechos del hombre por los que ellos dicen haber luchado. Nosotros estamos por la justicia social, y miremos cómo han impuesto sus políticas privatizadoras, desnacionalizadoras y desreguladoras que han acabado con los derechos de las naciones, de los pueblos y los trabajadores. Es más nosotros queremos que la justicia social la hagan los pueblos, que los pueblos gobiernen en uso de la democracia y que los pueblos y sus integrantes hagan justicia personal, hagan justicia familiar, social, laboral, política, cultural, económica, y que la justicia social sea propia del hacer y quehacer de los pueblos y no de señorones dizque generosos o dizque humanitarios y a esa justicia social que los pueblos ejerzan en uso real de la democracia le llamamos socialismo del siglo XXI, pues no concebimos el socialismo sin el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, y menos el socialismo sin la libertad. ¿Y ellos? Y los supuestos y oportunistas aliados del pueblo de Libia que están bombardeando al pueblo de Libia, ¿quieren esa libertad, esa democracia y esa justicia que nosotros queremos? Por supuesto que no. Pero son unos notables farsantes que confunden y engañan con ideales fingidos.

Por nuestra parte tenemos que aclarar no sólo lo que queremos sino cómo pensamos realizarlo y hasta qué punto, en medio de las diferencias que se dan entre quienes luchamos bien que mal por la emancipación humana, y que luchamos en distintos países y condiciones…; hasta qué punto en medio de nuestras diferencias podemos encontrar algunas políticas coincidentes que nos ayuden a respetar las distintas posiciones que tenemos a reserva de que la evolución de las luchas vaya unificando criterios y experiencias. A ese respecto lo primero es no exigir que todos tengan la misma posición que uno tiene. Lo segundo, es dar las razones por las que en un momento y situación dados uno toma la posición que otros no comparten. Lo tercero es ver si las razones de una toma de posición se confirman o disconfirman por la experiencia.

Señalemos como punto de partida una política global del imperialismo neoconservador y neoliberal. Desde el grito de la Tatcher afirmando que ¡no hay alternativa! los complejos empresariales-militares que dominan el mundo han aplicado la política de lo no negociable a las medidas de desnacionalización, privatización y desregulación por las que han empobrecido sistemáticamente a todos los pueblos del mundo, incluso a los metropolitanos. Esa política de lo no negociable está vinculada a la destrucción de los derechos políticos, laborales y sociales que implicaban una distribución del producto global y del producto nacional, menos desigual e injusta que la actualmente existente en que las naciones pobres son más pobres que hace 30 años, y los ciudadanos y trabajadores pobres y depauperados han crecido de una manera dramática.

La política de lo no negociable ha acabado con la capacidad de los partidos políticos y las organizaciones sociales y laborales para protestar, presionar y negociar para el cumplimiento de derechos y prestaciones sociales: ha liquidado en los hechos los derechos de la Carta Magna de cada país y de la Carta de Naciones Unidas en derechos humanos y en derechos de no intervención y libre autodeterminación de los pueblos. La política de lo no negociable ha hecho de la violación del derecho la práctica del derecho. Y esto ocurre con la práctica del derecho internacional, público, social, laboral, o civil. Lo más frecuente es usar el derecho para criminalizar a las víctimas del sistema y en usarlo al arbitrio de jefes y patrones.

Al mismo tiempo y en vez de reconocer los derechos políticos y sociales que tantos gastos implicaban se han generalizado las políticas de cooptación y corrupción de funcionarios públicos, de partidos políticos y gobiernos enteros para que apliquen las medidas neoliberales contra lo ofrecido en los idearios de partidos y candidatos. El desprestigio de la democracia electoral y parlamentaria es así tan grande como el de la inmensa mayoría de los partidos de izquierda, e incluye a los candidatos socialdemócratas, socialistas, comunistas, nacionalistas, desarrollistas que teniendo nombres distintos hacen políticas neoliberales iguales… con el cinismo y la furia de quienes sólo luchan por tener puestos de elección popular

A tan lastimosa situación de un mundo que parece haber acabado con la posibilidad de las luchas legales efectivas, se añade el inmenso desastre de la restauración del capitalismo en el bloque soviético, China y Vietnam donde los antiguos comunistas reniegan de sus antiguos héroes o los invocan diciendo que están actualizando y modernizando su pensamiento, y que sólo los conservadores se oponen a su avanzado pensamiento.

Para luchar debemos recordar estos y otros grandes tropiezos y ver cómo se están superando entre líderes y masas, dando creciente atención a las palabras de consecuencia, a las conductas coherentes, a los líderes que igualan con la vida el pensamiento, como el comandante en jefe Fidel Castro.

Tenemos que destacar el programa de paz mundial del gobierno venezolano y la nueva lucha bolivariana que libra por el socialismo del siglo XXI, buscando resolver las contradicciones que enfrenta con la organización y concientización creciente del pueblo en un proyecto que no repita la historia pasada de las revoluciones nacionales y sociales que se volvieron populistas y acabaron reintegrándose al sistema neocolonial, hoy neoliberal.

Tenemos que destacar la lucha por el vivir bien del pueblo y el gobierno de Bolivia pues se trata de un programa que hablando de Bolivia habla del mundo.

A otro nivel, el de los gobiernos que mandan obedeciendo a las comunidades, aparece un programa que es también de alcance universal, y riquísimo en metas y medios como el movimiento zapatista de los pueblos mayas que luchan y construyen otro mundo posible en el sureste mexicano.

Al mismo tiempo necesitamos tenderle la mano a otros gobiernos progresistas que entre contradicciones están apoyando una política de paz y de respeto a las naciones y los pueblos, y si no los apoyamos en todo, apoyémoslos en lo que sean luchas por la libertad, la justicia, la democracia, la paz, y hagámosles ver que una condición evidente para el triunfo, radica en que sus gobiernos y sus políticas sean gobiernos y políticas de todo el pueblo y que, sobre ese principio político, indeclinable si no quiere uno perder, enfrenten los acosos de las oligarquías, del capital monopólico y el imperialismo con medidas que tiendan a profundizar la democracia y la economía de todo el pueblo.

En cualquier caso procuremos que nuestras diferencias internas se resuelvan en formas que no nos tribalicen y nos hagan nuevas víctimas de la vieja política colonialista que aprovecha las luchas internas para las intervenciones externas, colonizadoras y recolonizadotas.

La responsabilidad que en América Latina tenemos es inmensa pues el Nuevo Mundo saldrá del Nuevo Mundo que ya muestra su grandeza, enriquecida por todos los proyectos de emancipación humana.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/03/23/index.php?section=opinion&article=005a1pol







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miércoles, 23 de marzo de 2011