miércoles, 2 de marzo de 2011
Los medios de comunicación en Libia.
Por: Correo del Orinoco
Fecha de publicación: 02/03/11
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Credito: Correo del Orinoco
El enviado especial de Telesur, quien ha sufrido varias golpizas en la nación africana, advierte que manifestantes pro-Gaddafi y antigobierno coinciden en una cosa: no quieren ser invadidos por Estados Unidos
2 Mar. 2011 - Los ojos del periodista Jordán Rodríguez (28 años de edad) y los del camarógrafo Jesús Romero (37 años) no son como los de Superman, que se supone que observa a través de las paredes. Los brazos de ambos no se parecen a los de El Hombre Nuclear; sus cuerpos tampoco tienen las facultades del Hombre Araña. Pero ambos, dos reporteros como otros, rompieron el bloqueo informativo impuesto contra Libia por las grandes trasnacionales de la información.
Son las 9:20 pm del lunes 28 de febrero. En Trípoli, la capital libia, casi amanece. Rodríguez vence el sueño para conversar con el Correo del Orinoco. No duda en criticar el comportamiento de las trasnacionales de la comunicación en ese país del norte de África. “La cobertura de los grandes medios sobre el conflicto en Libia ha sido miserable”, sostiene. “Es de mercenarios de la comunicación. Están callando cosas”.
Tiene las pruebas en la mano: la rueda de prensa que dio el lunes el viceministro de Relaciones Exteriores de Libia, Khaled Kaem, no fue difundida prácticamente por ningún medio. Los recorridos -cámara en mano- por Trípoli, en los que se demuestra que no hubo bombardeos (lo que contradijo la matriz mediática impuesta) y que los comercios están abiertos, tampoco han sido multiplicados por las cadenas de difusión. Los equipos de prensa “no tienen excusas para decir que no han podido mandar material”, ni para no sacar “las ruedas de prensa con los voceros gubernamentales”, refuta el reportero de Telesur.
Con base en su experiencia comunicacional en Libia, Rodríguez advierte que hay una parcialización contra el presidente de ese país, Muammar Gaddafi. “No estoy defendiendo a Gaddafi”, ataja, inmediatamente, pero aclara que, para conocer realmente qué sucede, hay que escuchar a todos los sectores en pugna. “Estamos buscando la entrevista con Gaddafi, pero nos han dicho que, por seguridad, es complicado”. Lo cierto, añade, es que “la canalla mediática está activada”.
El equipo de Telesur, que ha dado cabida a las manifestaciones progobierno y las opositoras, ha sido tachado de manipulador por periodistas y medios venezolanos e internacionales. “A nosotros nos dicen mentirosos porque no nos sumamos a la campaña de que había bombardeos”, sentenció. “Pero nosotros nos sentimos orgullosos de trabajar en Telesur y poder mostrar que Libia es una nación partida en dos en este momento. El canal tiene un equipo del lado de la oposición, y un equipo del lado del gobierno, y ambos sacamos en vivo lo que está pasando. Mi pregunta es: ¿qué pasa con los grandes medios que guardan silencio? ¿Por qué guardan silencio?”. La respuesta tal vez se resume en una palabra: petróleo.
¿Lo mandó el presidente Chávez?
Jordán Rodríguez no puede evitar la risa ante esta pregunta. El periodista niega, inmediatamente, que esté en Trípoli por órdenes del Mandatario venezolano. “Al contrario, fue súper difícil venir aquí”, apunta. “Pasamos dos días y medio en Roma, tratando de volar para Trípoli”. A esto hay que sumarle varias agresiones contra Rodríguez y Jesús Romero, que incluyeron secuestro, “ruleteo”, golpes y amenazas.
Dadas las circunstancias, “es cómico que digan que vine como el rey de Trípoli”, responde. El equipo de Telesur agradece el apoyo del embajador venezolano en Libia, Afif Tajeldine.
¿Ha habido bombardeos en Trípoli?
Jordán Rodríguez lo desmiente de nuevo. “No hay rastros de bombardeos”, asegura. “Dicen que la gente de Gaddafi limpió los restos, pero los bombardeos destruyen edificios, ventanas. ¿Dónde están esas imágenes? Reitera que su obligación, como periodista, es contar lo que ve, no inventar ni prestarse para rumores. “No estoy diciendo que no ha habido personas muertas, pero no puedo decir quién las mató”, sentencia.
Calcula que hay unos 15 o 20 equipos de prensa internacional destacados en Trípoli. Representantes del Gobierno “nos llevan a la calle grabar. También nos han llevado a sitios donde hay oposición”, señala.
¿Cuál es su percepción de la situación?
El reportero de Telesur ha observado manifestaciones a favor y en contra del presidente Muammar Gaddafi. En las primeras participan mujeres, niñas y niños, lo que no ocurre en las segundas. “La gente de oposición que está en la ciudad de Zawiya tiene tanques, dos unidades antiaéreas, fusiles”, enumeró. “Hay una gran división entre la población. Los que están contra Gaddafi dicen que luchan por la libertad; los que están con Gaddafi dicen que no quieren que su país se divida. Pero todos coinciden en que no quieren que su país se divida, ni que los invada Estados Unidos”.
Nota: El Twitter de Jordán Rodríguez es http://twitter.com/jordanteleSUR.
Bahrein, Libia y el laberinto árabe.
Gadafi no siempre fue lo que es (y ha sido) desde hace ya años: un dictador corrupto y enormemente represivo. En realidad, en 1969, el Coronel Gadafi, entonces tenía 27 años, lideró un golpe a imagen y semejanza de su ídolo, el Coronel Nasser en Egipto, destronando al monarca Idris (que estaba bajo tratamiento médico en Turquía). En sus primeros años hizo reformas sustanciales, entre las que se encontraba una reforma agraria y la nacionalización del petróleo (mayor recurso del país), dedicando gran parte de los recursos obtenidos de la explotación del petróleo a mejorar sustancialmente el bienestar social de las clases populares y, muy en especial, los servicios de asistencia sanitaria y educación. Estableció también formas de participación de los obreros en los lugares de trabajo en las empresas (más de doscientas) que fueron nacionalizadas. Sus primeros años se caracterizaron también por un intervencionismo del estado en la economía de aquel país, que incluía la nacionalización del crédito a través del Banco Central Estatal. Gadafi presentó aquella experiencia como la tercera vía entre capitalismo y el socialismo, asociado entonces a la Unión Soviética.
Hubo, sin embargo, notables diferencias también entre Gadafi y Nasser. Y una de ellas fue que a diferencia de Nasser, Gadafi no quería establecer un estado laico, sino islámico. Pero, en este intento se enfrentó con un movimiento islámico más radical que intentó incluso asesinarle más tarde en 1993. Esta corriente radical tenía lazos con Al Qaeda, también influyente en Marruecos y Argelia. De ahí que Gadafi fuera un enemigo acérrimo de Al Qaeda y que durante y después del ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas en Nueva York, Gadafi apoyara al gobierno Bush en su lucha contra el terrorismo islámico. Vijay Prashad, en su ensayo The Lybian Labyrinth, hace explícitas muchas referencias favorables que Gadafi hizo a la política del Presidente Bush en contra del terrorismo del radicalismo islámico. Fue entonces cuando el Presidente Aznar aplaudió a Gadafi y su apoyo a la guerra en contra del terrorismo islámico del Presidente Bush.
El cambio de su política económica
Su tercera vía se transformó, más tarde, en capitalismo popular, desarrollando políticas públicas que cambiaron significativamente muchas de las reformas que había realizado en los primeros años de su mandato. En muchos aspectos fue un giro de 180 grados. Una de tales medidas fue favorecer la privatización de las empresas productoras y distribuidoras de petróleo, facilitando y estimulando la inversión extranjera, la cual alcanzó su máxima expresión en la década de los noventa. El máximo arquitecto de estas medidas privatizadoras de la industria del petróleo fue Shokri Ghanem que fue primer ministro del gobierno Gadafi y dirigía la poderosa Compañía Nacional del Petróleo (Nacional Oil Corporation).
Las compañías que se beneficiaron de estas privatizaciones estaban incluidas en un amplio abanico, desde Occidental Petroleum, a China Nacional Petroleum. Ni que decir tiene que los gobiernos occidentales, y muy en especial los europeos, compitieron para conseguir favores de Gadafi. El gobierno de Blair incluso liberó a los responsables del atentado terrorista del avión Pa Nam, que había ocurrido en territorio británico y Berlusconi realizó campañas de promoción de Gadafi que alcanzaron niveles histriónicos que el presidente italiano justificó indicando que “la prevención de la inmigración ilegal y el petróleo” bien valían sus agasajos. Y para no ser menos el Presidente Aznar primero, seguido del Presidente Zapatero y del Monarca español, todos ellos visitaron a Gadafi con su lista de ruegos e inversiones.
Estas privatizaciones alcanzaron a la mayoría de las empresas públicas, que realizadas dentro de un sistema dictatorial, fueron acompañadas de una gran corrupción que enriqueció a los miembros de la familia Gadafi, y muy en especial a uno de sus hijos que aspiraba a ser su sucesor. Todos estos cambios privatizadores (que fueron alabados por el entonces Presidente Aznar) se hicieron bajo la supervisión del Fondo Monetario Internacional (FMI) que, en su último informe, señalaba el estado de la economía de Libia como muy bueno. En realidad, como también había ocurrido en Túnez y Egipto, los indicadores de crecimiento económico libios eran altamente positivos.
Lo que esta visión optimista de la economía libia ignoraba y ocultaba es que tales medidas, apoyadas por el FMI, estaban dañando muy seriamente a las clases populares y a la clase trabajadora. Las medidas neoliberales que determinaron la subida de los precios de los alimentos y la eliminación de los subsidios públicos crearon revueltas que precedieron a la última movilización popular. Y como en Túnez y Egipto determinaron, por fin, que las clases populares salieran a la calle, intentando forzar la dimisión de Gadafi y el final de su dictadura. En esta movilización coinciden movimientos laicos junto con movimientos islamistas que son los que reciben mayor atención de los medios de información internacional. Una vez más el Fondo Monetario Internacional, al presionar a las élites dictatoriales a llevar a cabo políticas de claro corte neoliberal, estaban afectando negativamente las difíciles condiciones que la población libia tenía que padecer, forzándoles a salir a la calle para protestar y exigir al dictador y a su camarilla corrupta el final del régimen. Es interesante, por cierto, subrayar que una de las primeras medidas que tomó la Junta Militar en Egipto fue, además de prohibir las huelgas, abandonar gran parte de las políticas neoliberales que el FMI había exigido al gobierno Mubarak.
Una última observación. La mayoría de las armas y equipamientos de represión que Gadafi tiene a su disposición fue suministrada por EEUU, Gran Bretaña (especializada en equipamiento policial), Francia y España. Como bien ha indicado Tarecq Amer en su ensayo “Oil, Arms and the Imperial Enterprise in North Africa”, hablar de Gadafi es hablar de corrupción y armas para adquirir petróleo por parte de poderes autodefinidos como defensores de los derechos humanos, incluyendo España.
(Ver también los artículos: “¿Quién apoyó la dictadura de Túnez?” y “Lo que no se conoce sobre Egipto” en www.vnavarro.org).
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Sobre Gadafi.
Gadafi no siempre fue lo que es (y ha sido) desde hace ya años: un dictador corrupto y enormemente represivo. En realidad, en 1969, el Coronel Gadafi, entonces tenía 27 años, lideró un golpe a imagen y semejanza de su ídolo, el Coronel Nasser en Egipto, destronando al monarca Idris (que estaba bajo tratamiento médico en Turquía). En sus primeros años hizo reformas sustanciales, entre las que se encontraba una reforma agraria y la nacionalización del petróleo (mayor recurso del país), dedicando gran parte de los recursos obtenidos de la explotación del petróleo a mejorar sustancialmente el bienestar social de las clases populares y, muy en especial, los servicios de asistencia sanitaria y educación. Estableció también formas de participación de los obreros en los lugares de trabajo en las empresas (más de doscientas) que fueron nacionalizadas. Sus primeros años se caracterizaron también por un intervencionismo del estado en la economía de aquel país, que incluía la nacionalización del crédito a través del Banco Central Estatal. Gadafi presentó aquella experiencia como la tercera vía entre capitalismo y el socialismo, asociado entonces a la Unión Soviética.
Hubo, sin embargo, notables diferencias también entre Gadafi y Nasser. Y una de ellas fue que a diferencia de Nasser, Gadafi no quería establecer un estado laico, sino islámico. Pero, en este intento se enfrentó con un movimiento islámico más radical que intentó incluso asesinarle más tarde en 1993. Esta corriente radical tenía lazos con Al Qaeda, también influyente en Marruecos y Argelia. De ahí que Gadafi fuera un enemigo acérrimo de Al Qaeda y que durante y después del ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas en Nueva York, Gadafi apoyara al gobierno Bush en su lucha contra el terrorismo islámico. Vijay Prashad, en su ensayo The Lybian Labyrinth, hace explícitas muchas referencias favorables que Gadafi hizo a la política del Presidente Bush en contra del terrorismo del radicalismo islámico. Fue entonces cuando el Presidente Aznar aplaudió a Gadafi y su apoyo a la guerra en contra del terrorismo islámico del Presidente Bush.
El cambio de su política económica
Su tercera vía se transformó, más tarde, en capitalismo popular, desarrollando políticas públicas que cambiaron significativamente muchas de las reformas que había realizado en los primeros años de su mandato. En muchos aspectos fue un giro de 180 grados. Una de tales medidas fue favorecer la privatización de las empresas productoras y distribuidoras de petróleo, facilitando y estimulando la inversión extranjera, la cual alcanzó su máxima expresión en la década de los noventa. El máximo arquitecto de estas medidas privatizadoras de la industria del petróleo fue Shokri Ghanem que fue primer ministro del gobierno Gadafi y dirigía la poderosa Compañía Nacional del Petróleo (Nacional Oil Corporation).
Las compañías que se beneficiaron de estas privatizaciones estaban incluidas en un amplio abanico, desde Occidental Petroleum, a China Nacional Petroleum. Ni que decir tiene que los gobiernos occidentales, y muy en especial los europeos, compitieron para conseguir favores de Gadafi. El gobierno de Blair incluso liberó a los responsables del atentado terrorista del avión Pa Nam, que había ocurrido en territorio británico y Berlusconi realizó campañas de promoción de Gadafi que alcanzaron niveles histriónicos que el presidente italiano justificó indicando que “la prevención de la inmigración ilegal y el petróleo” bien valían sus agasajos. Y para no ser menos el Presidente Aznar primero, seguido del Presidente Zapatero y del Monarca español, todos ellos visitaron a Gadafi con su lista de ruegos e inversiones.
Estas privatizaciones alcanzaron a la mayoría de las empresas públicas, que realizadas dentro de un sistema dictatorial, fueron acompañadas de una gran corrupción que enriqueció a los miembros de la familia Gadafi, y muy en especial a uno de sus hijos que aspiraba a ser su sucesor. Todos estos cambios privatizadores (que fueron alabados por el entonces Presidente Aznar) se hicieron bajo la supervisión del Fondo Monetario Internacional (FMI) que, en su último informe, señalaba el estado de la economía de Libia como muy bueno. En realidad, como también había ocurrido en Túnez y Egipto, los indicadores de crecimiento económico libios eran altamente positivos.
Lo que esta visión optimista de la economía libia ignoraba y ocultaba es que tales medidas, apoyadas por el FMI, estaban dañando muy seriamente a las clases populares y a la clase trabajadora. Las medidas neoliberales que determinaron la subida de los precios de los alimentos y la eliminación de los subsidios públicos crearon revueltas que precedieron a la última movilización popular. Y como en Túnez y Egipto determinaron, por fin, que las clases populares salieran a la calle, intentando forzar la dimisión de Gadafi y el final de su dictadura. En esta movilización coinciden movimientos laicos junto con movimientos islamistas que son los que reciben mayor atención de los medios de información internacional. Una vez más el Fondo Monetario Internacional, al presionar a las élites dictatoriales a llevar a cabo políticas de claro corte neoliberal, estaban afectando negativamente las difíciles condiciones que la población libia tenía que padecer, forzándoles a salir a la calle para protestar y exigir al dictador y a su camarilla corrupta el final del régimen. Es interesante, por cierto, subrayar que una de las primeras medidas que tomó la Junta Militar en Egipto fue, además de prohibir las huelgas, abandonar gran parte de las políticas neoliberales que el FMI había exigido al gobierno Mubarak.
Una última observación. La mayoría de las armas y equipamientos de represión que Gadafi tiene a su disposición fue suministrada por EEUU, Gran Bretaña (especializada en equipamiento policial), Francia y España. Como bien ha indicado Tarecq Amer en su ensayo “Oil, Arms and the Imperial Enterprise in North Africa”, hablar de Gadafi es hablar de corrupción y armas para adquirir petróleo por parte de poderes autodefinidos como defensores de los derechos humanos, incluyendo España.
(Ver también los artículos: “¿Quién apoyó la dictadura de Túnez?” y “Lo que no se conoce sobre Egipto” en www.vnavarro.org).
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martes, 1 de marzo de 2011
Méjico, tan lejos de Dios y tan cerca de USA.
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México en problemas: EEUU impondrá una "fuerza de tarea" en su territorio
Por: Zósimo Camacho
El plan de intervención militar de Estados Unidos en México. Durante la más reciente visita de Hillary Clinton a este país, la delegación estadunidense impuso al gobierno de Calderón más elementos de sus agencias de inteligencia y del Pentágono en territorio nacional; además, una “fuerza de tarea” de efectivos estadunidenses que “ayudará” en las zonas más conflictivas, revelan generales y coroneles en activo del ejército mexicano.
Uno de los militares, quien ocupa un alto cargo en la Secretaría de la Defensa Nacional, asegura que México vive ya una “ocupación” llevada a cabo por los organismos de inteligencia de Estados Unidos. Lo que sigue es la intervención militar disfrazada de operativos binacionales
Coches bomba en ciudades mexicanas y declaraciones e “informes” en los que se afirma que el narcotráfico atenta contra la seguridad de todo el continente precedieron la más reciente visita de Hillary Clinton a México.
Vino a imponerle al gobierno de Felipe Calderón más agentes de inteligencia y una “fuerza de tarea” compuesta por efectivos estadunidenses, a decir de un grupo de generales y coroneles en activo del Ejército Mexicano, quienes solicitan “por el momento” que sus nombres no sean revelados por temor a represalias al interior de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).
Luego de la visita, las declaraciones de funcionarios estadunidenses acerca de la “peligrosidad” del narcotráfico se multiplicaron y se advirtió que tropas de Estados Unidos podrían cruzar la frontera. El punto más álgido de las demandas ocurrió después del ataque a dos elementos de la Agencia de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en San Luis Potosí. Uno murió.
Un general de división en activo, que actualmente ocupa un alto cargo en la Sedena, señala que muchos de los actos violentos en territorio nacional son inducidos para que la sociedad mexicana acepte la intervención. La propia Sección Segunda del Ejército, encargada de inteligencia militar, habría encontrado indicios de que la CIA realiza actividades de desestabilización en el país.
Las presiones de la delegación que visitó México el 24 de enero pasado -y que estuvo encabezada por la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton- fueron tan intensas que obligaron a Felipe Calderón a abrir un espacio en su agenda. Los funcionarios estadunidenses sólo se reunirían con la secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa; pero el mismo día de la visita se anunció que Clinton y su comitiva también serían recibidas en Los Pinos.
“México no puede”, el pretexto
Clinton fue precedida por una serie de declaraciones de funcionarios estadunidenses en las que cuestionaban la solvencia de las instituciones mexicanas para enfrentar la “amenaza” del narcotráfico. El 12 de enero, el presidente del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, almirante Michael G Mullen, había externado su “enorme preocupación” por la capacidad de violencia de los cárteles mexicanos de la droga. En conferencia con la prensa extranjera acreditada en Washington, había dicho que “la severidad del problema” del narcotráfico se mide, “de manera trágica y triste”, por las miles de vidas que se han perdido (en México) en años recientes”, y que suman más de 35 mil.
El principal asesor del presidente de Estados Unidos en materia de seguridad nacional entonces destacó que el gobierno de Barack Obama está interesado en seguir ayudando a la administración de Felipe Calderón. “Queremos hacer todo lo que podamos, reconociendo, tristemente, que esto va a tomar tiempo”.
Incluso, Mullen habló de lo que hasta ahora ha sido la participación de Estados Unidos en la “guerra” contra el narcotráfico: “Por el lado militar, nosotros hemos estado involucrados principalmente en entrenar y dar apoyo. Hay aspectos de esta guerra contra las drogas que son muy similares al tipo de cosas que hemos visto en guerras en las que hemos estado involucrados”.
Una semana después, el 21 de enero, el portavoz del Departamento de Estado, Philip Crowley, declaró, sin ambages, que los cárteles del narcotráfico de México son una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos. En conferencia de prensa, señaló: “No creo que el tema sea si la estabilidad de nuestra sociedad está en riesgo, pero ciertamente es una amenaza a la seguridad nacional”.
Además, describió a las bandas del narcotráfico como fuerzas que pueden desafiar a los Estados: “Estas organizaciones criminales internacionales poseen bienes, armas y personas que pueden ser un reto para cualquier fuerza de seguridad”.
A tres días de la llegada de Clinton a México, el Departamento de Estado mandó un mensaje claro: en la “guerra” que se libra en territorio mexicano, podrán participar otras naciones: “El nivel de violencia que han traído a México y otros sitios (los cárteles de la droga) es un reto que no es exclusivo para México y Estados Unidos. Ciertamente, debe ser parte de un diálogo de seguridad nacional”.
La pinza se cerró un día después: un coche bomba estalló en Tula, Hidalgo. En el lugar, murió el comandante del Grupo Tula de la Coordinación de Investigación de Hidalgo, Víctor Manuel Peña Pérez; quedaron destrozados completamente el carro que contenía el explosivo y un Jetta blanco en el que viajaban los policías. El clima previo a la llegada de Hillary Clinton parecía corroborar las declaraciones de los funcionarios estadunidenses.
La visita
Durante su visita, Clinton aseveró públicamente que México no tiene otra alternativa que seguir con la estrategia de Calderón. Lanzó elogios al “liderazgo” del presidente mexicano y dijo que las Fuerzas Armadas de este país han avanzado en el respeto a los derechos humanos.
Pero no dijo a lo que realmente vino, explican los militares y coroneles que buscaron a Contralínea desde mediados del año pasado para externar el malestar que existe entre un sector del Ejército Mexicano por lo que consideran una sumisión total del gobierno de Felipe Calderón a los intereses de Estados Unidos.
“Clinton vino a imponer más agentes de sus agencias que ya están funcionando en México”, es decir, la ICE, la agencia antidrogas (DEA, por sus siglas en inglés), la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), la Oficina Federal de Investigación (FBI, por sus siglas en inglés), la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF, por sus siglas en inglés) y el Pentágono. “Pero también vino a imponer una ‘fuerza de tarea’ compuesta por efectivos de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos que van a realizar operativos en territorio mexicano”.
A decir del grupo de militares, la “fuerza de tarea” estadunidense trabajaría de manera “conjunta” con las Fuerzas Armadas mexicanas y se desplazarían, como primer objetivo, por las ciudades fronterizas. Luego del “éxito” que obtendrían, se utilizarían en las “zonas más conflictivas” de México.
Estela de declaraciones... y violencia
Dejó Clinton el país, pero el discurso de que México sucumbirá al narcotráfico si no es “ayudado” por Estados Unidos se intensificó. El 27 de enero, el Congreso estadunidense publicó un informe en el que señala que su vecino del Sur se encuentra inmerso en una “crisis de seguridad sin precedentes”, que es posible que sea vencido por lo que llamó “terrorismo doméstico” y que el crimen organizado le disputa a las autoridades el monopolio del uso de la fuerza y de la ley. El informe, elaborado por el Congressional Research Service, también criticó la corrupción generalizada en las instituciones mexicanas.
Pero el 8 de febrero un funcionario de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos dijo abiertamente que tropas de ese país podrían cruzar la frontera con México. Joseph Westphal, subsecretario del Ejército estadunidense, advirtió sobre la posibilidad de que soldados estadunidenses fueran a combatir la “insurgencia” de los cárteles de la droga “sobre nuestra frontera o de tener que enviarlos a cruzar esa frontera”.
Horas más tarde, el funcionario trató de corregir sus declaraciones. Pero el mensaje se había dado. El servidor público estadunidense había dicho también que el narcotráfico podría instalarse en el poder en México si Estados Unidos no hacía algo para impedirlo.
Las presiones sobre México continuaron. Un día después, Janet Napolitano vinculó a Los Zetas con la organización terrorista Al Qaeda. La secretaria del Interior del gobierno de Barack Obama declaró, en una audiencia del Congreso estadunidense, que el grupo que encabeza Osama bin Laden podría usar las redes de los narcotraficantes mexicanos para atacar Estados Unidos. Luego dijo que no hablaría más del tema en una audiencia abierta y que podría hacerlo sólo en sesiones a puerta cerrada.
El 10 de febrero, fue el turno del jefe de la Inteligencia de Estados Unidos, James Clapper. Señaló que la violencia que se produce en México atenta de tal manera contra la seguridad de Estados Unidos que “recientemente hemos elevado todo este tema a la categoría uno, la cual es la más alta”.
Clapper dio al traste con los argumentos de quienes veían imposible una intervención militar en México porque Estados Unidos tenía “otras prioridades”.
Clapper definitivamente descartó que las fuerzas mexicanas puedan controlar el problema del narcotráfico. “Las capacidades militares y policiales [de México] en conjunto permanecen inadecuadas para romper las organizaciones traficantes y contener la violencia criminal”, dijo.
Las presiones públicas y privadas que el gobierno de Estados Unidos ejerce sobre el gobierno de Calderón se han agudizado con el ataque del 15 de febrero a dos “agentes especiales” de la ICE en San Luis Potosí. El policía Jaime Zapata murió. Su compañero Víctor Ávila fue gravemente herido.
La posición oficial de Estados Unidos ante el hecho no se hizo esperar. Janet Napolitano advirtió: “Que no quede duda, cualquier acto de violencia contra el personal de la ICE o de cualquier miembro del Departamento de Seguridad Interna es un ataque contra todos aquéllos que sirven a nuestra nación y ponen en riesgo su vida por nuestra seguridad. La totalidad de los recursos de nuestro departamento está a disposición de nuestros socios mexicanos en esta investigación. Nos mantenemos comprometidos a dar el más amplio apoyo a los esfuerzos de México por combatir la violencia dentro de sus fronteras”.
Un día después, agentes de la FBI ya estaban en San Luis Potosí investigando los hechos. De acuerdo con una nota de María Guadalupe González, publicada en el diario La Jornada el 17 de febrero pasado, a la entidad llegaron funcionarios de alto nivel de la Secretaría de Seguridad Pública federal y la Procuraduría General de la República, “así como un grupo de tarea comandado por la FBI”.
Incluso, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, prometió que su gobierno atraparía a los culpables. El día 16 se comunicó con la familia del agente asesinado para expresarle sus condolencias; pero también les garantizó que su gobierno llevará ante la justicia a los responsables, de acuerdo con Nick Shapiro, vocero de la Casa Blanca.
Los militares reafirman lo declarado a Contralínea el año pasado, publicado en la edición 209 del 21 de noviembre de 2010: existe un plan injerencista llevado a cabo por Estados Unidos y al que se ha sometido el gobierno de Felipe Calderón. Gran parte de la violencia es provocada para que las instituciones castrenses y la sociedad mexicana acepten no sólo que agentes estadunidenses trabajen en México, sino que, incluso, efectivos militares ingresen a “combatir” a los cárteles de la droga.
El grupo de militares y coroneles, entre los que se encuentran algunos adscritos a la Sección Segunda del Ejército (inteligencia), señala que punto por punto se ha cumplido ese plan ante la pasividad de las autoridades mexicanas. Señala que la violencia inducida puede incrementarse para que el país esté en la situación de aceptar la “ayuda” venga de donde venga.
En http://contralinea.info
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Libia en el gran juego.
| Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens |
Gracias a sus ricas reservas de petróleo y gas natural, Libia tiene una balanza comercial positiva de 27.000 millones de dólares al año y un ingreso per cápita medianamente elevado de 12.000 dólares, seis veces mayor que el de Egipto. A pesar de fuertes diferencias en los ingresos bajos y altos, el nivel de vida promedio de la población de Libia (sólo 6,5 millones de habitantes en comparación con los casi 85 millones de Egipto) es por lo tanto mayor que el de Egipto y otros países norteafricanos. Lo muestra el hecho de que casi un millón y medio de inmigrantes, sobre todo del norte de África, trabajan en Libia. Cerca de un 85% de las exportaciones libias de energía van a Europa: Italia tiene el primer lugar con un 37%, seguida por Alemania, Francia y China. Italia también ocupa el primer lugar en importaciones de Libia, seguida por China, Turquía y Alemania.
Este marco ahora revienta como resultado de lo que se puede caracterizar no como una revuelta de masas empobrecidas, como las rebeliones en Egipto y Túnez, sino como una verdadera guerra civil, debida a una división del grupo gobernante. Quienquiera que diese el primer paso ha explotado el descontento contra el clan de Gadafi, que prevalece sobre todo entre las poblaciones de Cirenaica y los jóvenes en las ciudades, en un momento en el cual todo el norte de África ha tomado el camino de la rebelión. A diferencia de Egipto y Túnez, sin embargo, el levantamiento libio se planificó y organizó con anterioridad.
Las reacciones en la arena internacional también son simbólicas. Pekín ha dicho que está extremadamente preocupado por los sucesos de Libia y llamó a “un rápido retorno a la estabilidad y la normalidad”. El motivo es obvio: el comercio chino-libio ha crecido considerablemente (cerca de un 30% sólo en 2010), pero ahora China puede ver que toda la estructura de las relaciones económicas con Libia, de donde importa cantidades crecientes de petróleo, se ha puesto en juego. Moscú se encuentra en una posición semejante.
Diametralmente opuesta es la señal de Washington: el presidente Barack Obama, que cuando se vio enfrentado a la crisis egipcia minimizó la represión desencadenada por Mubarak y llamó a una “transición ordenada y pacífica”, ha condenado rotundamente al gobierno libio y anunció que EE.UU. prepara “toda la gama de opciones que tenemos a nuestra disposición para responder a esta crisis, incluidas ‘acciones que ponemos emprender solos y otras que podemos coordinar con nuestros aliados a través de instituciones multilaterales’.” El mensaje es evidente: existe la posibilidad de una intervención militar de EE.UU. y la OTAN en Libia, oficialmente para detener el derramamiento de sangre. Las verdaderas razones son obvias: Si se derroca a Gadafi EE.UU. podría derribar todo el marco de las relaciones económicas con Libia y abrir el camino a las multinacionales basadas en EE.UU., que hasta ahora están casi totalmente excluidas de la explotación de reservas de energía en Libia. Por lo tanto, EE.UU. podría controlar el grifo de las fuentes de energía de las que depende en gran parte Europa y que también provee a China.
Estos son las apuestas en el gran juego de la división de los recursos africanos, por los que tiene lugar una creciente confrontación, en especial entre China y EE.UU. La creciente potencia asiática, con la presencia en África de cerca de 5 millones de gerentes, técnicos y trabajadores, construye industrias e infraestructuras a cambio de petróleo y otras materias primas. EE.UU., que no puede competir en ese terreno, puede utilizar su influencia sobre las fuerzas armadas de los países africanos importantes, que entrena mediante el Comando África (AFRICOM), su principal instrumento para la penetración del continente. La OTAN también entra ahora en el juego, ya que está a punto de concluir un tratado de cooperación militar con la Unión Africana que incluye a 53 países.
La central de la cooperación de la Unión Africana con la OTAN ya se está construyendo en Addis Abeba: una estructura moderna, financiada con 27 millones de euros de Alemania, bautizada: “Construyendo paz y seguridad”.
Il Manifesto, 25 de febrero de 2011
Traducido del italiano por John Catalinotto
Fuente: http://www.globalresearch.ca/
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lunes, 28 de febrero de 2011
¿Intervensión armada USA en Libia?
Los firmantes son analistas políticos y ex altos funcionarios del gobierno de George W. Bush (2001-2009). La organización neoconservadora Foreign Policy Initiative (FPI), considerada la sucesora del Project for the New American Century (PNAC), coordinó la medida y divulgó el texto.
Advirtiendo que Libia se encuentra "en el umbral de una catástrofe moral y humanitaria", la misiva, difundida el viernes, exige adoptar medidas inmediatas, entre ellas la acción militar, además de la imposición de una serie de sanciones diplomáticas y económicas (ya anunciadas el mismo día por el gobierno) para poner fin "al asesino régimen libio".
En particular, la carta pide a Washington que presione a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para que "desarrolle planes operativos a fin de desplegar con urgencia aviones de guerra" y así impida que el régimen libio utilice maquinaria bélica contra su población civil.
También demanda una cobertura naval en aguas libias para "ayudar en los esfuerzos de evacuación y prepararse para posibles contingencias", además de "inhabilitar los buques navales libios utilizados para atacar civiles".
Entre los signatarios de la carta figuran el ex subsecretario de Defensa del gobierno de Bush, Paul Wolfowitz; el principal asesor de Bush sobre Medio Oriente, Elliott Abrams; los ex redactores de discursos de Bush Marc Thiessen y Peter Wehner; y cuatro directores de la FPI (William Kristol, Robert Kagan, Dan Senor y Eric Edelman).
Kagan y Kristol cofundaron y dirigieron PNAC desde 1997 hasta 2005.
La carta de la FPI se da a conocer en medio de una creciente presión sobre Obama para que adopte medidas más severas contra Gadafi.
Dos senadores cuyos puntos de vista sobre política exterior a menudo reflejan un pensamiento neoconservador --el republicano John McCain y el demócrata independiente Joseph Lieberman--pidieron el viernes en Tel Aviv que Washington suministre armas a los rebeldes de Libia, entre otras medidas como crear una zona de exclusión aérea sobre ese país.
Obama dijo el miércoles que su equipo estaba preparando una serie de opciones para la acción. También anunció que la secretaria de Estado (canciller) Hillary Clinton viajará el lunes a Ginebra para participar en una reunión de ministros de Relaciones Exteriores en el Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a fin de debatir posibles medidas multilaterales.
Mientras, este sábado, el Consejo de Seguridad del foro mundial evalúa cómo sancionar a Libia.
En los años 90, los neoconservadores hicieron campaña a favor de acciones militares contra los llamados "estados díscolos", especialmente en Medio Oriente.
Aunque en la última semana los neoconservadores estuvieron entre los primeros en exigir una acción militar contra Gadafi, algunos destacados liberales y activistas por los derechos humanos apoyaron el reclamo. Entre ellos, Neil Hicks, de Human Rights First, John Shattuck, encargado de derechos humanos del gobierno de Bill Clinton (1993-2001), y Leon Wieseltier, de The New Republic.
Además, Anne-Marie Slaughter, quien hasta el mes pasado fue la influyente directora de la oficina de Planificación Política del Departamento de Estado (cancillería), citó la campaña de Estados Unidos y la OTAN como posible precedente.
"La comunidad internacional no puede pararse a mirar la masacre de los manifestantes libios", escribió en la red social Twitter.
"En Ruanda miramos. En Kosovo actuamos", agregó.
Sus comentarios generaron fuertes reacciones entre algunos expertos militares.
"Me horroriza leer que intervencionistas liberales continúan sugiriendo la facilidad con que se pueden resolver crisis humanitarias y conflictos regionales mediante la aplicación del poderío militar", escribió Andrew Exum, experto en contrainsurgencia del Center for a New American Security.
Esto "refleja una comprensión muy inmadura de los límites de la fuerza y de las dificultades y complejidades de las operaciones militares contemporáneas", añadió.
Otros analistas observaron que una renovada coalición de neoconservadores e intervencionistas liberales sería mucho más difícil de implementar ahora que durante las guerras balcánicas de los años 90.
"Ahora tenemos a Iraq y Afganistán como señales de advertencia, así como a nuestra crisis fiscal, así que no creo que en Capitol Hill (sede parlamentaria) o entre el público haya un enorme apetito por otro compromiso militar", dijo Charles Kupchan, experto del Council on Foreign Relations.
"Apoyo las medidas diplomáticas y económicas", no así las que impliquen una acción militar, "incluida la imposición de una zona de exclusión aérea", señaló.
Para Steve Clemons, de la New America Foundation, "hay algunas cosas que podemos hacer, como transportar por aire suministros humanitarios a regiones fronterizas donde hay cada vez más refugiados".
Sin embargo, dijo que "sólo lo haría con pleno apoyo de la Liga Árabe y la Unión Africana, si no de la ONU".
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